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rrugoso y tristísimo cocodrilo; la cabezota le creció de una manera desmesurada; cavéronsele los belfos; creciéronle dos hileras de dientes amenazadores; naciéronle patas, v los ojos, antes vivos v malignos, se le tornaron tristones y blandos, y comenzó á llorar torrentes de íágrinias, prorrumpiendo en un sollozo largo, largo como el de todos los cocodrilos del mundo. ipicnuo Eva, aun cuando no había tenido ocasión de leer El origen de las especies, de Darwin no se asustó de X lA flTTrtT antes la pareció muy divertida y graciosa; y como ya sabL fmUar la Hant o del cn. oHr; i? l animalitos del Paraíso, se puso á remedar con muchísimo arte v mafia el i r s u pecho se S r g á S i itornando lamentosamente los ojos y exhalando hondos suspiros t Í P ¿onibre viendo á su mujer presa de aquella aflicción y angustia, nunca hasta entonces notada en ella, cedió, todo atemorizado, a sus abusivas exigencias, creyendo evitar mavores males y ved ahí como el primer llanto que se oyó en el mundo fué el llanto hipócrita v fingido de la mujer caprichosa para dominar al hombre En estas y en las otras, según ya os habrán contadoVs ¿enteró él Supremo H ¿edór de ¿ocurrido y í f, f- l e i l Sno y mandó al Arcángel que, después de arrojados del Paraíso los do ¿prinreros pecadores, se pusiese a la puerta con la espada flamígera Adán y Eva penaban, entretanto, fuera del Edén. El tenía que luchar, que luchar con los animales que se habían vuelto fieros, y alcanzar á los tímidos y fugitivos para comérselos, porque en invierno faltaban plantas v frutos v no se podía observar el vegeterianismo con todo rigor. Por otra parte, era necesario buscaí abrigo, píeles con que taparse Zr 2 tL í TT arboles donde guarecerse; entretanto, Eva sufría las bascas v dolores propios del interesante estado en que se hallaba, y a mas el dolor de recordar el bien perdido. ¡Ningún dolor mayorU, pensó nuestra primera madre, anticipándose bastante al poeta florentino Dante Aiighieri Asi que Adán y Eva estaban siempre llorando. Habían aprendido á llorar de mentirijillas; pero como suele suceder, el fingido llanto acabó en veras Muclias vecesintentaron volver al Paraíso; siempre se encontraban á la puerta el vigilante Arcángel, que, si querían acercarse, les amenazaba agitando el gladio; v del encendido gladio se escapaban llamas voladoras y chispas fugitivas, que á veces chamuscaban la larga cabellera rubia de la mujer Al fm esta fue madre. Kació Cam, y contra lo que suele suponerse, era un niño precioso, rubio como las candelas, sonrosado, apacible y nada llorón. Eos padres estaban entusiasmados con el chico. Eva lloraba de placer cuando el niño tomaba el pecho, guiado por el instinto natural. Adán contemplaba grave y en silencio al chiquillo cuando éste dormía, y sin saber como ni por qué, sentía en su interior ese dulce y confortativo calorcillo que se apodera de todo ser humano cuando ve la sucesión asegurada. Eos dos felices padres se hallaban convencidos de que aquella criatura era lo más perfecto y admirable que en la Naturaleza toda existía; le amaban como padres y le querían y miniaban como ahucies. Forque Cam no tuvo abuela, y eso puede que fuera la causa de todo lo sucedido después Con esta persuasión, un día se les ocurrió á Adán y á Eva que si acudían una vez más al Paraíso, tal vez el- í rcangel, que tenía cara de padre santo, como dicen las gitanas, se enterneciera al ver preciosidad de chiquitín. Hicieronlo; acercáronse al Arcángel, Eva levantando en vilo al niño desnudito. Agitó el Arcáno- el la terrible espada flamígera, y al ver salir de ella virutas de fuego v chispas radiantes, ei niño míe fijamente las miraba, quiso coger una chispa. Escapósele, v el chico se echó á reír, lanzó una carcajada cristalina, a cuyos ecos se estremecieron los hondos valles y las montañas nivosas. Y ved ahí cómo la puniera risa que se oyó en el mundo fué la risa de un niño que quiso jugar con fuego. EEMA: A E D O N Z A B A J O R R E L I E V E S DE COL- LLAUT V A L E R A CNÚMERO EORENZO FANTAf. TICOS) 16 UE NUESTRO CONCURSO D E C U E N T O S