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El primer llanto y la primera risa i íNTRAS estuvieron en el Paraíso terrenal, los primeros padres no conocieron la risa y el llanto, T a felicidad es profundamente grave, y en lo exterior se parece mucho á la indiferencia también al egoísmo. La pureza de cuerpo y de pensamiento nos causan alegría hoy y hasta nos hace prorrumpir en placenteras carcajadas, precisamente porque son estados insólitos, ó al menos, poco habituales. vSi nos halláramos de ordinario limpios, puros é inocentes, como ellos en el Paraíso, haríamos lo mismo que Adán y Eva, que ni reían ni lloraban. Y lo más chocante s que, á pesar de esto, no se aburrían. Muchas veces se os habrá ocurrido pensar lo mismo; ¿Qué harían Adán y Kva en el Paraíso para distraerse? Y al formular esta pregunta no pensabais en que cabalmente ellos para nada necesitaban distraei se, puesto que la distraccióii, ¡la misma palabra lo dice! es el apartamiento del ánimo, el esparcimiento y solaz del espíritu conturbado por las miserias y los dolores del mundo; y como Adán y Eva no tenían miserias que llorar ni dolores de qué quejarse, la distracción antes les hubiera molestado que complacido. Si alguna vez habéis sido intensamente felices, como yo os lo deseo, habréis notado que precisamente en los instantes de verdadera felicidad os fastidiaría en extremo el que alguien tratara de distraeros. P ran, pues, x dán y Eva felices, como digo de mi cuento, y al serlo, ni se reían ni lloraban, pues la satisfacción y armónico contentamiento de su cuerpo y. de su alma eran completísimos é imponderables, sin que dejasen resquicio ó grieta por donde pudiera escaparse lágrima ni carcajada. Además estaban sanos del todo, gozaban de la más cabal salud que yo para mí deseo, como se dice en las cartas de los soldados, y no tenían motivo alguno de queja. Eran forzosamente vegetarianos, puesto que no existía en aquella ideal mansión la muerte y eran entonces dulces amigos y compañeros del hombre y de la mujeríos fieros animales que después les declararon la guerra y los tímidos y fugitivos á quienes muy luego aquél se la declaró. Y al ser vegetarianos y al no abusar del alcohol ni de ninguna otra substancia destructora de los jugos gástricos, resultaba que hacían la digestión sin sentir el más leve síntoma de dispepsia ó de gastralgia; y ninguna persona que haya saludado el más elemental manualito de Higiene ignora que ia buena digestión es uno de los más importantes y sólidos puntales de la vida. Pero, aun cuando á personas de tan purísimas y sencillas costumbres y de gustos tan primitivos parecía imposible que pudiera atacádseles por ningún vicio corporal, ved ahí cómo el demonio, gran conocedor del corazón femenino, aunque hasta entonces no poseía más experiencia que la de haber visto á Eva y, por otra parte, la había tratado muy poco, se las ingenió para inspirarla aquellos violentos deseos de comer manzana prohibida, que nos han traído á la tristísima- situación actual, si bien es verdad que, á no ser por la liviandad de Eva y por la bonachonería de Adán, que era un calzonazos, aun cuando no los usaba, es probable que ni siquiera tuviésemos la satisfacción ó la inoportunidad de encontrarnos en el mundo de los vivos contando cuentos fantásticos y haciéndolos reales. Lo cierto es, sin meternos en más averiguaciones, que Eva se encaprichó por la manzana, seg ún repetidas veces habréis oído contar. Adán, cuya fragilidad y buena fe nunca serán bastante encomiadas, no hizo caso al principio de los ruegos é importunaciones de Eva; después, en vista de la insistencia de su mujer, se enfadó por primera vez en su vida, y aquella fué la más antigua pelotera conyugal que registran los fastos de la Historia. Viendo Eva que Adán se enfurruñaba y la hablaba alto, hizo lo que todas las mujeres, han hecho después en casos análogos, como si en todas ellas habitase el espíritu de Eva, que sí que habita: apelar á las carantoñas y á las zalamerías. Adán, digno, mucho más digno que estos maridos de comedia francesa que se gastan ahora, se mantuvo firme, indiferente á las carocas de su antojadiza mitad. Desesperábase ya Eva, cuando la maldita serpiente, cuya cabeza era pequeñita, viva y de habladores ojuelos, como suelen ser las de todos los ofidios, se transformó, por arte infernal, en un verde, ve-