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EL SILLÓN PRESIDENCIAL p R A aquella la vez primera en que la familia completa se reunía en torno á la mesa común, después de la muerte del jefe de la casa. Tres meses, los tres meses eternos de la enfermedad, había permanecido la mesa en desorden, en ese desarreglo que la hace tan triste cuando en su tablero comen. la intranquilidad y la preocupación, cuando, en sus asientos no hay sino oídos atentos al menor ruido de la alcoba, cuando en sus sitios falta alguno de los habituales. Otra vez iba á yantarse allí, sin la alegría que brota de los manteles blancos siempre que alrededor suyo no queda hueco alguno vacío. Allí había uno, el más importante, el de la presidencia. Los miembros todos de la familia penetraron en silencio en el comedor, baja la cabeza, los ojos en el suelo, el andar pesado, conteniendo la respectiva desolación, llenando la estancia de sombras con su masa de vestidos de luto. Ko faltaba ninguno en aquella primera comida de la desgracia, como si cada cual hubiera pensado en svi reunión con los demás para rehacer las propias fuerzas: los hijos casados con sus mujeres, la hija soltera, la madre apoyándose, mejor dejándose caer en el hombro del primogénito. Entraron, dirigiéronse á sus sitios de costumbre, y á un movimiento de ojos de la viuda, la familia entera se arrodilló alrededor de la mesa, yendo á confluir por instinto todas las miradas en el sillón desocupado del padre. Todas aquellas frentes se nublaron. Era aquel ese primer instante de la vida normal en que, desaparecido para siempre el que arrastró la muerte, la casa torna por ley natural á su equilibrio, aun continuando las heridas abiertas. No hubo pensamiento por el que no desfilara con cruel relieve el proceso entero de la enfermedad: el día en que el enfermo se sintió malo, el gesto que puso el médico cuando se le llamó, las alternativas de alivio y agravamiento de la dolencia, las noches de incertidumbre á la cabecera del paciente, y por último, el Viático, aquel solemne Viático en que por permisión del prelado la familia en masa, postrada ante el moribundo y comulgando con él, buscó en la sagrada forma la fuerza para ver expirar al que sucumbía. Y con la remembranza de estos luctuosos trances, cada cual recordó las virtudes del muerto querido. La viuda era mujer entera por carácter y más entera aún por fervor religioso. En el rostro pálido se le transparentaba un dolor inmenso; pero á los ojos, ahora enjutos, aunque rojos de pasados y recientes llantos, se le asomaba también una voluntad grande. Miró á to 4o s sus hijos, que consideraban con amor y respeto á la vez aquel gracioso rostro de mujer, en su madurez todavía joven, y convencida de la atención general, exclamó con voz trémula, que se fué luego serenando: ¡Hijos míos: todos queríais mucho á vuestro padre, que en paz descanse, y me queréis igualmente á mí! Así, espero que aprobéis mi resolución de que su sitio continúe desocupado en señal de respeto y de recuerdo perdurable. Ahora, resignados con la voluntad de Dios, recemos un Padrenuestro por su alma, y comamos, puesto que el Señor, redentor nuestro, nos manda vivir Han pasado tres años, y otra vez la familia en masa rodea la mesa común, sobre la que brilla la vajilla de gala, con sus reflejos de buena y maciza plata antigua, y que no salía de los tallados aparadores de n ogal desde la muerte del padre. La terrible hoz no ha seguido esgrimiendo su filo en aquel tranquilo hogar; antes bien, una nueva vida ha venido á aclarar sus horizontes serenos, que entenebreció la catástrofe. Todos tienen alguna palabra para el muerto, provocada por aquel plaqué artístico heredado de generación en generación, que es legendario en la casa, que salió de las manos de un Arfe, y que es tradicional también que no se ostenta sobre los nevados manteles sino en las grandes solemnidades del hogar. ¡Pobre papá! ¡Si pudiera ver sus platos y sus fuentes tan bien conservados! ¡Cómo le gustaba la orfebrería! Una pausa, y después un movimiento de impaciencia. ¡Pero cuánto tarda mamá en vestirse! ¡Hoy comemos el arroz pasado! ¿Y Luisito? ¿Dónde está Luisito? Todas las miradas que buscan á Luisito; su madre que afirma que lo dejó con su abuela. De pronto se abre la puerta del comedor, penetrando la niñera con un almohadón de finos encajes, que acomoda en el sillón presidencial desocupado por la muerte del padre, y bajo la emoción de todos entra en la estancia la viuda, de alivio de luto, llevando en sus brazos al tierno nieto sonriente, que parece un capullo envuelto en blondas. En silencio, con blanda solicitud, acomoda el montoncito de cabellos rubios en el asiento, y lo que no pudo lograr el dolor, vencida ahora por la ternura, balbucea: -H a s t a hoy, hijos míos, ese sillón de vuestro inolvidable padre ha permanecido desocupado; pero venido á la familia el primer nieto por la voluntad de Dios, ¿no creéis que nuestro mismo querido muerto le colocaría en ese sitio si pudiera? Así, pues, sentémosle en él, ya que el Supremo Hacedor dispone que no haya nada en la vida que no se renueve: y ahora arrodillémonos y recemos dos Padrenuestros: uno por vuestro padre, que santa gloria haya, y otro porque la Pro videncia. nos- conserve este niño. D I B U J O DE 0. F R A N C É S ALFONSO PÉREZ NIEVA