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Esos ríos de oro saldrán de las mismas fuentes de donde salen los ríos de agua: de las entrañas de la tierra; pero aquéllos la secan y éstos la fecundan Ese rio de sangre saldrá de donde están las fuentes de la vida humana, de las entrañas de las madres, que crian á sus hijos para su alegría y no para su llanto. Ya se está viendo: para armar y mover los ejércitos y escuadras, Rusia grávalos impuestos en su territorio; el Japón los duplica. Y se comprende el sacrificio en ambas naciones: son las beligerantes. y EranMm. v hov trocada por la manía anglosajona de las grandezas en imperio derrochador y envanecido. Hastanuestra misera España recarga su cargadísimo presupuesto con gastos inútiles, y sobre inútiles irracionales, porque son pocos para llevarnos á la victoria, y son bastantes para apresurar la ruina. Ivan y Yaguitu, parados en una pequeña ciudad de donde no podían salir por falta de dinero, entretenían su pobreza con las noticias de la campaña, alegrándose por turno de los triunfos propios y los descalabros ajenos. Una y otra tropa escribían á sus países cartas y más cartas pidiendo á parientes y amigos recursos con que volver al ejercicio de sus industrias. Las contestaciones eran desconsoladoras. No podemos enviaros ni un rublo ni un yen decían las cartas, según trajeran sello ruso ó sello apones. Ea guerra consume todo: monedas, hombres, caballos y tiempo. Eos negocios están muertos y las contribuciones se llevan las escasas utilidades del trabajo. Y mientras los periódicos ingleses esparcían por el mundo, abultándolas, las victorias japonesas, y admiraban en cada japonés un sucesor de los griegos de los grandes tiempos de Grecia, Yaguitu era s ilbado en el circo, porque no ejecutaba sus ejercicios con la habilidad que en sus antiguos aparatos de gimnasia destrozados por los rusos. Y mientras los periódicos franceses esparcían por el mundo, abultándolas, las victorias rusas y admiraban en cada moscovita un poderoso germano de los grandes tiempos de Arminio, Iván y sus compañeros eran echados con injurias de la posada donde vivían y no pagaban. ¡Mísero Iván y mísero Yaguitu! ¡Qué mal les amparaban y cuan pálidamente se reflejaban en ellos las glorias del águila y del crisantemo! ¿Venció Rusia? ¿Venció el Jaoón al fin de la camoaña? Es igual para Iván y para Yaguitu. Venció su venció su Mikado. Uno ú otro ganaron algunos millones de vasallos y algunos miles de kilómetro. de territorio para promulgar sus leyes. Eos generales vencedores serán recibidos con palmas, colgaduras, vítores y cañonazos, y serán agraciados con títulos conmemorativos y empleos efectivos. Pero ni vasallos ni territorios habrán mudado de lugar ni de condición. El mudjki continuará en su cabana, y el japonés en su casa de bambú. ¡Oh, las guerras! ¡El desafío de las naciones! ¡Qué equitativas son y con qué justicia reparten sits bienes y sus males! ¡Eas hacen los soldados, las cobran los caudillos y las pagan los paisanos! Asi lo aprendieron Iván y Yaguitu cuando, acabada la guerra, se dieron un abrazo, símbolo de la paz de sus pueblos. -Somos otra vez amigos- -se dijeron. ¿Pero puedes tú devolverm. e las pieles que perdí v eran mi negocio? ¡r r 1 r j- -Y tú, ¿puedes devolverme mis aparatos rotos que eran mi sustento? D I B U J O S DE M É N D E Z EBINGA EUGENIO SELLES