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PARA QUÉ SE MATAN LOS PUEBLOS T oDOS los habitantes de Madrid y de Barcelona han conocido á Iván Petrousky- No era ningún príncipe ruso de los que invernan en Pau ó en Biarritz. No dejaba, sin embargo, de ser hombre principal; principal e n t r e los vendedores ambulantes que, con su gorro de astracán y su levita de cuello alto, andan expendiendo pieles por las calles de las grandes poblaciones. Y los mismos que hayan conocido á Iván, habrán conocido tal vez á Yaguitu. No era, aunque por su nombre lo parezca, ninguno de esos estadistas, almirantes y generales que han convertido, por obra de milagro, á la ignota nación japonesa en admirable potencia de primer orden. Yaguitu, sin embargo, también mandaba en parte de los subditos del Mikado. Era jefe agilísimo de una tropa de titiriteros japoneses que, con sus ropones orientales, su larga pértiga de bambú y demás menesteres del oficio, recorrían los circos de las ciudades europeas. Iván y Yaguitu y sus respectivos compañeros, coincidían muchas veces en sus expediciones. Y á fuerza de verse se habían hecho amigos. Los rusos solían regalar á los volatineros alguna piel barata de oso pardo, y en cambio los japoneses regalaban á los traficantes entradas para las funciones de los circos. Los hijos del Sol Naciente envidiaban las figuras corptilentas, las barbas copiosas y la vida vagabunda, pero sin peligro, de los peleteros, y los hijos del Zar admiraban la destreza y desenfado con que los volatineros arriesgaban sus vidas dejándose contornear sus menudos cuerpos con una línea de cuchillos arrojados como saetas, ó bamboleándose en lo alto de la pértiga, apenas sostenida en la barbilla pelada de un japonés. Y no les importaba un ardite que las águilas rusas picoteasen en la Manchuria, ni que el Japón construyese fusiles y barcos en lugar de abanicos, ni que al acostarse oraran los moscovitas á Cristo y los japoneses á Budha, ó, probablemente no rezaran á uno ni á otro. Iván y Yaguitu contaban sus ganancias, tenían á costa de ellas alguna francachela y seguían estrechando su amistad. Un mal día la diplomacia rusa se enfrió con la japonesa. Desde Petersburgo á Tokio y desde Tokio á Petersburgo se cruzaban por debajo de los mares notas y más notas que, llevadas y traídas por la electricidad, parecían torpedos que se iban colocando contra las naves de ambas naciones. Iván y Yaguitu ya no se agasajaban con pieles de oso ni entradas del circo. Sus relaciones se enfriaron, á semejanza de las de sus amos y compatriotas. Y también cambiaban sus notas en frases de desconfianza y rencor siempre que la casualidad los reunía. Sobrevino apresuradamente la guerra, y el ruso y el japonés se creyeron obligados á sostenerla entre sí, á miles de leguas de sus naciones. El sentimiento patriótico repercutió sobre ellos en España. Y una tarde los dos bandos, exaltados por las noticias de los combates lejanos, se acometieron, y los compañeros de Iván destrozaron á los japoneses sus aparatos del volatín, y los compañeros de Yaguitu destrozaron á los rusos su surtido de pieles. Con lo cual unos y otros perdieron sus medios de vivir. Entretanto, allá en los mares del Extremo Oriente se hundían despedazadas para siempre hermosas naves que costaron millones arrancados con fatigas de la ingrata tierra rusa y de la hábil industria japonesa, y eran echados á pique, para pasto de los peces, grandiosos buques cargados de provisiones que tanto envidiarían los hambrientos mudjiks de la estepa y los sobrios coolis de la raza amarilla. Y se despoblaban los campos rusos yjaponeses, enviando á la muerte la flor de la juventud. Trenes y trenes y trenes formando infinito cordón que, como cola de serpiente, se tendía desde Siberia á Puerto- Arturo, vomitaban ejércitos sobre el continente asiático. Se despojaba á la agricultura y al acarreo de sus caballerías para hacerlas galopar sobre la nieve y caer bajo las balas. Se asentaban líneas férreas encima del hielo de los lagos, para que la templanza del estío sumergiera en un día con todo aquella obra magna del atrevimiento y del trabajo de muchos meses y brazos. Se abría por todas partes la montaña con fosos y trincheras, y se improvisaban macizas fortalezas en las costas del mar y en las riberas de los ríos. A los primeros estampidos de los torpedos japoneses y de las baterías rusas se conmovieron Francia, Inglaterra, Alemania, hasta nuestra pobre España, y se apercibieron poniéndose en guardia en esa paz armada que equivale siempre á una batalla perdida, porque cuesta dinero y no rinde gloria ni provecho. Moviéronse las tropas, se reforzaron las guarniciones, se congregaron las escuadras, se armaron los buques, se proyectaron nuevas construcciones, se repostaron los depósitos de carbón, se fundieron millares de fusiles y de cañones y se gastaron en hierro montañas de oro, cambio desigualísimo y empleo poco digno del precioso metal que tantos afanes cuesta y tantas conciencias perturba. ¿Y de dónde sale ese copioso río de oro que irá á liquidarse y perderse luego en el uiar? ¿Quién nutrirá esas charcas de sangre que empapará el suelo? ¿Quién pagará esos fabulosos dis endios?