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1- 1 AcK 3 a m u c h o s nuos. muclius ceatenarcs de años y iiiuchos niíllEires de ¡vños. cuando el m u n d o era nuevo y reluciente conjo un cnctico de Satsumá recién saliílo del horno del esmaltador, vivía en la balita de Senday, eu la costa de NipoTij nn jnvcn íescador llamadu AkiisiUío, diestro con el remu y con la vela, despierto eon ñ caña, avE adu v valiente con la red, con el esparavel con el palangre y con todos aouello. s inli uos y ya desusados aparejos d e pesca que se Ti. saban cuando los dos aívinns kamíes I anayLí é Izauami, ahra- iados en a m o ro. so fuego, concibieron á la inmortal Teusbodaizin. En aquel tiempo no se liabia c o n s i m í J o a ú n el templo ríe los treinta y tres mil trescientos treinta y tres ¡dolos; p e m la piedad de los buenos japoneses era mucho maj or y más acendrada que a lo h o r a pre- scnte. Un día Akusiuia salió á pescar m u y de luaiíana en su barca pintada de eolor d e loto, h o n d a y estrecha, cumti heclia ÍÍÓIO para un rentero, y qiic ú. veces un ataúd parecía. Después de h a b e r recado sus plegarias al snl naciente y á todos los kamíes de sit especial ríevociún. Akusima lar ó la red, y hete aquíV. ue entre niuclins peces dorados y plateados salió forcejeando torpemente entre las mallas uu hermosísimo carev nii i t o r t u g a gigantesca, rande, g r a n d e como el escudo de nn samuray illcrmoso animal era por cierto! El capaTa 7, ón, poniéndolo al trasluz, ao t r a n s p a r e n t a b a á ranchos y dejaba ver el cuerpo; era u n bellísima concha d o n d e se entreveraban con nn puro y brillante color de aceite de lino caprichosas m a n c h a s que de vino tinto recién hecho parecían, y otras más obscuras, semejantes al tono de la crisantema tostada q u e llauMinos íor Jf Arn- íf rjsu por lü mucho que en verla se complacía la buena diosa, F n e í a d e la concha, la t o r t u g a asomaba t í m i d a m t n t e su cahecita de vieja y agitaba patas v cola con el miedo d e la muerte, espantoso y aterrador, que debe de tener quien sabe q u e puede vivir mil años. Alcnsima tomó con s u s dos manos la tortuga, y estuvo truíi buena pieza mEríindola y reflexionando. -Con este carey- -pensií. -vendido en el mercado de S e n d a y ó en el de Haivadjí. podría hacerme rico, retirarme d e la pesca, tener tierras y esclavos... -Pero tras este pensamitntOn uno más piadoso se apoderó d t MI mente. -Por las pocas a r r u g a s d e su cahecita y lo ágil d e s u s pies- -pensó, -calculo que este carey dehe de tener pocos meses, uu año á lo sumo. ¿Nu sería una injusticia m o n s t r u o s a privarle d e vivir por lo menos otros novecientos n o v e n t a y n u e v e años, sólo por lucrarme yo, q u e ya tengo veinticinco, y á lo sumo vívirc otros cincuenta ó sesenta? ¿So h a y algún misterio dix- ino en esto de que u n a bestexucla que creemos más ruda y torpe que el h o m b r e viva diez, veces más que él? Por otra parte, ai y o dejase las faenas d e la pesca en las cuales nací, -no nie convertiría acaso en nn holgazán ínátil y a u n pernicioso para los demás hombres, Hechas estas reflexiones, Akusíma el pescador miró con gran atención las her mosas irisaciones q u e el sol. y a esplendente, producía en la concha del carey, y tan contento como antes, arrojó de n u e v o al a g u a la tortuga, que se m a r c h ó braceando y perneando aprisa, como si le hubiesen distraído ó r e t a r d a d o de algunos quehaceres ú ocupaciones de gran apremio v urgencia Akusima h ío entonceslo q u e hace todo hombre después d e realizar un acto que deja soseg a d a su conciencia: se quedó profundamente dornn do cara al fiol en su barca, que semejaba un féretro. Dormía con la modorra propia de lo que llamamos la siesta tjel c a m e r o cuando c at á os q u e en sueños vj ó cmer gerdelo mi h i u d o d e la olas u n a p r e c i o s a y gallarda joven vestida c o n rozagautes h 1 AKUSIMA EL P E S C A D O R CUENTO JAPONÉS