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Vino la p r i m a v e r a III Los actores, cvimplidas sus tareas de Madrid, buscaron contratas en provincias. Lorenza supo por el conserje del teatro que Mariner, segundo galán, pasaba á un cuadro de compañía formado para recorrer las ciudades catalanas. Le esperó, le preguntó tímidamente, con el encogimiento n o b l e del amor profundo, cuándo, dónde volverían á ver j se. El actor, p r e v i a s unas cuantas evasivas, soltó la tardía verdad. Se iba; y de todas maneras... Era casado; te -ÍW nía ya dos retoños... Lorenza, más blanca que su delantal, no le acusó, no protestó del engaño. Los golpes de feroz violencia no dejan acción á la defensa. Tampoco lloró. Todo se le había paralizado en el cuerpo; diez minutos permaneció sostenida por la pared del teatro después de alejarse Mariner á paso rápido y cobarde de avei- gonzado deudor. De repente los nervios saltaron, la sangre cuajada ardió y rodó en las venas. Echó Lorenza á correr hacia su casa- -la de sus amos, su refugio, -y apenas oyó la reprimenda de la señora, que la noche anterior había secreteado en la alcoba conjaigal. -ív o sé qué tiene esta chica. Ya no atiende á Malito; ya no le muda la ropa; ya ni b? irre; es un escándalo. Y el marido, adormilado y deseoso de paz: -Pues mujer, ¡á la calle con ella! A la mañana siguiente, Lorenza desmintió las censuras del ama: nunca fué mejor cuidado, más mimado de su chacha el pequeñín. Le hartó de caricias y le regaló dos medallas de plata con la efigie de la Virgen de la Trebo lera, linicas preseas que Lorenza había poseído. Hizo cui dadosamente las camas, barrió la casa entera, ayudó en la cocina á mondar patatas, y aun charoló las botas del matrimonio. Un cuarto de hora antes de servir el almuerzo salió, empujando sin violencia la puerta; subió con agilidad dos pisos, del tercero á las bohardillas, y se detuvo ante la ventana del rellano de escalera que caía al patio. Un vértigo la forzó á sentarse en el duro banco destinado á aliviar el cansancio producido por tantos escalones. E r a la altura de un quinto piso- -cuatro y el entresuelo. -Lorenza se enderezó y se aproximó á la ventana, que entreabrió con cautela. Allá abajo, las losas del patio recién fregadas lucían al sol; en el centro, el hundido sumidero formaba un negro y férreo ombligo. La niñera se retiró ars edrentada; pensó advertir el frío, la dureza del enrejado en el rostro, en las sienes. Entonces se humedecieron sus lagrimales. Sentía perder la vida, y no podía soportarla. Unas chanclas se arrastraron; el ruido ascendía por la oquedad de la escalera. El portero, morador de la bohardilla, era de seguro quien subía á comerse su pucherete. Lorenza se irguió; aquel hecho insignificante, revestía las proporciones de una sentencia. ¡Si la encontraba el portero allí! Arrimó del todo á la pared las hojas de la ventana y se inclinó más. Un hormigueo irresistible en las plantas de los pies; u n a sensación de pueril miedo de que se la cayesen los aretes... Se echó las manos á los lóbulos d é l a s orejas. Entre dientes, sin conciencia, murmuraba: ¡Jesús, Virgen de la Trebolera, valerme! Y beoda de aire y de tristeza, ansiosa de volar, no de caer, se descolgó más, abrazó el vacío, se abismó, dando una voltereta y un chillido involuntario... rti í p f -v E M I L I A PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDKZ BRIXGA