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El cantor del más allá 1 os ojos de cielo de la princesa Rosa- Blanca no se habían manchado con el espectáculo de las cosas de este mundo. Su reino era el más allá que se ignora siempre; su patria estaba también más allá... I a tristeza de su cara de virgen era una nostalgia; su alma entera un presetftimjerito... De codos en el alféizar de una ventana ojival, las manos hundidas en los dorados cabellos, Rosa- Blanca veía todas las tardes morir el sol frente al castillo de su padre. Su alma se iba impregnando de la tristeza crepuscular; en sus dulces ojos azules se reflejaban dos soles moribundos. Lentamente, dulcemente, la princesa iba muriendo envenenada por la melancolía de la tarde y por uu secreto qué nadie podía adivinar en la corte, y ella misma no sospechaba siquiera. ü n día, á la hora de poniente, en el medio disco del sol que sobresalía del horizonte, se pintó una mancha vaga, una silueta indeterminada que fué creciendo y acercándose poco á poco por el camino blanco que venía al castillo. Pero la bruma de la noche, las sombras que anegaban el paisaje... y una lágrima que empañó los dulces ojos de Rosa- Blanca, confundieron, sepultaron aquella silueta en la noche total y soberana que siguió á aquel atardecer misterioso. La noche fué, sin embargo, nueva para la princesa; noche de ensueños y de anunciaciones deliciosas. Gran movimiento en los patios de honor, en la torre del homenaje; gentes de armas circulaban por todo el castillo; pajes y servidumbre: oro, seda, hierro. Dos séquitos reales, después de una victoria contra el enemigo común- -que debía ser por entonces la media luna- -se reunían en el castillo. Hombres de armas de á pie y caballeros, discurrían por los patios, con ruido de hierro, del que ya no tenemos la menor idea. Dos ballesteros componían sus máquinas destrozadas en la guerra. Dos peones disputaban el valor de sus picas y el filo de sus espadas, ó jugaban á los dados sobre el parche de un tambor jurando y perjurando por los vaivenes de la suerte. Y mientras abajo la soldadesca, libre y regalada, cantaoa roncamente la alegría de la victoria y las ventajas del descanso, los nobles varones de los reyes galanteaban á las damas del séquito y discurrían por los salones de honor como astros en un cielo glorioso. Grandes fiestas se disponen, y la princesa tiene que vestir sus mejores galas. Dn los salones, junto á los reyes, los paladines más fuertes, los más nombrados caballeros, los magnates temibles pululan, más guerreros que galanes, pero admirables de esplendor y riqueza. Rosa- Blanca los mira sin deseo de verlos, y como en aquellos tiempos no se obligaba á sonreír á las princesas, ella permanece seria y pensativa en algo que no está allí. De pronto los partesanos que guardan la puerta avisan á los pajes y éstos acuden ante el estrado á anunciar la llegada de un nuevo personaje. Es un jugjar que ha recorrido el mundo con sus cantares. Su nombre es desconocido para todos... Pero Rosa- Blanca cree recordarlo muy vagamente, como de un sueño. El rey ordena su entrada; los nobles se apartan para darle paso y i i- y ...yy j