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Contestando al ataque, el tentador replicó: Si en el altar te colocas, serás hermosura inmortal, eterna juventud. ¡Cuánto gozarás viéndote en medio de las luces y de las flores, indiferente á todo! Si te atrevieses... Reza, reza ordenó la conciencia. La madre rogó con la precipitación de quien escapa á un peligro. Entonces el halagador, contemporizando, murmuró: Sólo permanecerías un momento en el sitio de la estatua, el tiempo de paladear placer tan grande... El rezo había cesado, y en el silencio del coro la luonja escuchaba á la voz insinuante apremiándola: No vaciles; no dudes. Medio vencida por el pecado, Pía pensó: Es imposible; tal vez venga alguno. No temas repuso el malo. Nadie ha de venir. Ea escultura pesa mucho. No hay tiempo. Ee tienes sobrado para descender la Virgen, para ponerte el manto y la corona. ¿Oyes? Ea corona que an, sías. Eupulsada por el orgullo. Pía dio la vue ta al altar, trepó por la estrecha escalerilla. A poco, su pálida cabeza aparecía sobre el hombro de la Virgen. Unas manos ciñeron la imagen; oj ose un crujido, y, tambaleándose, desapareció la estatua del pedestal, dejando en él la espin a milagrosa. Eentamente, porteando c o n esfuerzo su carga, la madre descendió los escalones; arrastró la efigie al centro del coro, y allí comenzó á despojarla de sus vestiduras. Con mano audaz arrancó de las espaldas divinas el manto y lo colocó sobre sus hombros; desciñó los anillos de las manos inmóviles, y aprisionando con ellos su dedos ágiles, hizo brillar las piedras dormidas; los collares se alzaron al aliento de su pecho, y luego descalzóse, se destrenzó el cabello y encajó sobre su cabeza la corona esplendente. Una vez ataviada la monja, sólo quedó de 1 i Señora un trozo de madera informe y basto, d brotaban la cabeza, los pies y las manos, única esculpidas de la efigie, cuyo cuerpo se escondía e r. sión de un tronco. Ea religiosa se agitaba adornando el altar, en. do más velas, desparramando sobre el ara frag: I mos. Rejuvenecida por la satisfacción de su oi ii.l u, L. profanadora sonreía, y á su andar rápido, el manto, per dido toda hierática rigidez, flotaba tras ella, rompiéndose en pliegues deslumbrantes; los collares y las sortijas chispeaban, y la corona, siguiendo los movimientos de la cabeza, recogía y enviaba haces de luz por los ámbitos del coro. Concluido el arreglo del altar. Pía subió los peldaños, colocó las manos en mística actitud, y osadamente asentó sus plantas sobre las huellas de los divinos pies que las precedieron. Entonces, sin ruido, lento y majestuoso, ascendió por el aire el tosco madero donde se ocultaba el cuerpo de la Virgen del Espino. La excelsa Señora flotaba en el espacio, y sonriente y muda, sin alterarse por la cólera ni descomponerse por la indignación, abandonaba reposadamente aquel lugar profanado. Así llegó junto al techo, y filtrándose por él, desapareció. Llena de. pavor. Pía quiso descender del altar, pero sus pies se soldaron al pedestal, y el manto, pesado y macizo como si fuese de plomo, se ciñó á su cuerpo, apretándole implacable. Y mientras una voz decía á la religiosa: Te condenaste. Dios te ha castigado sepultándote en la tumba de ese manto una mano diabólica apareciójunto á las luces y, abanicándolas, las hizo rozar con sus lenguas ardientes el inmóvil rostro de la monja. 1 LEMA: U N O DIBUJOS DE EECIDOR (NÚ. MERO 1 3 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)