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UH MIL A 6 R 0 A pesar de ser el convento de la Virgen del Espino el más pobre de la villa, encerraba tras sus mu -ros dos tesoros inestimables. La efigie de la Patrona del cenobio era una de aquellas joyas; y la madre Pía del Cordero Pascual, hermosa mujer cuyos rasgos reproducían fielmente las divinas líneas de la imagen, era la otra. Desde que un pastorcillo la halló en el monte, vestida de luz y apoyada sobre una zarza, la Virgen se hospedó en el convento, y allí derramó por espacio de siglos sus gracias. Para mayor pasmo y más tierna devoción, la Señora concedió á una de las espinas que la sostuvieron, el privilegio dulcísimo de atravesar la desnudez de uno de sus pies, y por aquella herida donde el fiero pincho aparecía, fluyó durante centenares de años sangre preciosísima y milagrosa, enrojeciendo con su gotear las holandas que envolvían la santa llaga. Mas un día llegó en el que la impiedad y el escarnio ofendieron á la excelsa dama, quien separando su vista de la tierra, secó la fuente purpúrea de su pie, donde quedó como memoria de aquel portentoso caso la seca púa que agujereaba la divina planta. Dolidas las religiosas del abandono que envolvió desde entonces á la ofendida imagen, la adoraron más que antes, esperando que sus oraciones ablandasen el corazón de la Virgen y que ésta permitiera ufe- A, Z O. C -i á la maravillosa sangre brotar o t r a vez. Para mantener propicia á su huésped celestial, la trasladaron al coro, y allí rezaban perennemente, relevándose u n a s á otras, anudando los rezos, que tejían en torno de la Señora perdurable y fresca c o r o n a de alabanzas y de sújWft plicas. No cont e n t a s las enclaustradas con aquellas pruebas e s p i r i t u a l e s de su afecto, rodearon á la Virgen de luces, de flores y de perfumes. Para ella las azucenas candidas, el reflejo de las ceras, el aroma de los lirios. Junto á la Dama inmortal se aglomeraron- os esplendores que en el resto del convento faltaban, y por amor á su Patrona, las monjas sufrían las escaseces añadidas por la penuria del Monasterio á los rigores de la regla, olvidaban sus celdas frías viendo el altar fragante donde palpitaban temblorosas llamas, y los hábitos les parecían menos ásperos y menos feos comparándolos con el terciopelo azul de que se vestía la Virgen con aquel manto suntuoso cubierto de bordados, donde la incandescencia augusta del oro y el plácido rielar de la plata unían sus reflejos, fundiéndolos en uno solo, ardiente y tranquilo á la vez. Para aumentar la admiración devota de las religiosas, el favor divino permitió que en la humana envoltura de la madre Pía del Cordero Pascual se reflejaran las bellezas celestiales de la Virgen del Espino tan exactamente como en un espejo. Sólo los vestidos las diferenciaban. La monja no se cubría con terciopelos ni erguía su frente bajo la soberbia corona que brillaba sobre el pálido rostro de la estatua, pero, en cambio, la vida se derramaba por ella, y ritmando los movimientos del cuerpo, variaba su belleza con mil actitudes tan armoniosas como aquella en que se inmovilizaba la Señora. Las ingenuas novicias se pa. sniaban ante la madre Pía del Cordero Pascual, y las monjas sabias hacían gala de saber comparando á su compañera con las hermosuras santas que esconden entre las páginas de los martirologios sus perfiles puros, sus pupilas serenas y el encanto virginal de sus cuerpos atormentados.