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ZODIACADA DE MAYO GEMINIS UALfiUiERA, al contemplar los dos muñequitos ridículos con que suele representarse en los calen darlos el signo de Géminis, se figura quiénes son esos hermanos gemelos! Y ¡cualquiera no se indigna al ver el poco respeto que se tiene al clasicismo cuando con tan ruines figurillas se intenta representar nada menos que á los invencibles Dioscuros Castor y Pólux! F, l origen y la vida de estos dos hermanos tan simpáticos son bastante conocidos de todo el mundo. A historia de Júpiter convertido en cisne por amor de Leda, la mujer de Tíndaro, y el cuento de los dos huevos que esta apreciable y alegre señora puso, y de uno de los cuales salieron Pólux y Helena, como del otro Castor y Clitemnestra, son cosas que figuran hasta en esos horribles y archicursis utensilios que se llaman cerilleras y petacas con esmaltes. Lo curioso (y eso ya no se ve en las petacas) es que en realidad los Dioscuros ó hijos de Zeus no eran Castor y Pólux, sino este último y Helena, mientras Castor y Clitemnestra eran mortales, como hijos legítimos de Tíndaro, rey de Esparta. La fábula mitológica es tan bella y delicada en este punto y su simbolismo tan encantador, que aun despojado de la forma poética con que lo exponen los grandes artistas griegos y latinos, nos interesa y nos emociona profundamente. Castor y Pólux, el hijo del hombre y el hijo del dios, se aman entrañablemente como hermanos inseparables, y esto quiere decir, sin duda, qtfe el amor fraternal más puro, el que acerca los dioses á los hombres ó eleva los hombres hasta los dioses, no tiene otro origen sino el amor maternal. La madre lo fué todo para los poetas griegos, como la Madre Santísima del Verbo lo fué también para los poetas marianos. El amor fraternal de Castor y Pólux fué tan grande, que no sólo se probó en los mil riesgos corridos por entrambos al asistir á la expedición de los Argonautas, sino en ocasión mucho más solemne é importante. Los dos hermanos robaron á Febé y á Telaira, sus primas, las cuales iban á casarse. Los novios riñeron con los Dioscuros, y á manos de Linceo, novio de Telaira, cayó muerto Castor, que era el m o r t a l Ante aquella desgracia, el dolor de Pólux fué tan grande, que no supo sino dirigir sus ruegos al padre Zeus para lograr de él, ó que hiciese inmortal á Castor ó que le hiciese mortal á él, á Pólux, y le matara. Terrible compromiso era éste para Júpiter, quien, á pesar de ser el padre de los dioses, no podía contradecir lo escrito en el libro del Destino. Pero como era Zeus GRUFO DE CASTOR Y PÓLUX ¿ó NARCISO É HISIB; NEÜ? un dios amigo de las componendas y las MUSEO D E L PRADO conchabanzas, buscó lo que ahora llamamos una solución pastelera, concediendo á cada uno de los hermanos seis meses anuales de vida en la tierra y otros seis meses en el Orco ó Averno. Esta solución, como todos los términos medios 3 las aguas tibias, no satisfizo ni al inmortal ni al mortal. Pasaron, no obstante, una temporada alternando los semestres infernales con los terrestres, con lo cual resultaba que no se veían sino de refilón dos veces al año, cuando el uno iba á la tierra y el otro regresaba al Averno. Para obviar tamaña incomodidad, á Júpiter no se le ocurrió cosa mejor que convertir á los Dioscuros en sendas estrellas y colocarlas en el cielo, donde todavía están y se ven regularmente claras en estas hermosas noches de Mayo. Pero con colocarlos en el cielo, el padre de los dioses no terminó la misión de los Dioscuros en la tierra. Allá en los primeros siglos de la historia de Roma los vemos aparecer milagrosamente, montados en briosos corceles, prestando maravilloso auxilio á los romanos contra sus enemigos latinos, sabinos, sabelios, samnitas, etc. etc. en diferentes ocasiones. La Ciudad Eterna tributó desde los más remotos tiempos singular veneración á los dos hermanos. Castor y Pólux fueron divinidades tutelares de Roma, y su templo, del cual tres columnas aún se conservan enhiestas y arrogantes en el Foro, siempre ha sido respetado. Así como los militares y fanfarrones solían poner por testigo á Hércules en sus juramentos, diciendo hercU (por Hércules) entre las personas finas era costumbre decir jío ó edefoli ot Pólux) los hombres, y castor ó hecástor (por Castor) las señoras y señoritas. Estas dos expresiones eran tan frecuentes como es hoy el decir ¡Ave María! ¡por Dios! ¡Jesús, Señor! y tantas otras con que medio se contraviene al segundo mandatniento de la manera más tonta del mundo. W. B.