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Mujeres: habéis llegado á fan rara perfeoalón, que el mismo diablo se admira, J él, que sus mañas os dio! Usáronse en ofras épooas frajes y dijes ad hoo, y afeites y tenebrosos misierios de íoeador, y zaraillos de oro indiano, y zapatos de charol, y volantes de guipure, y puntillas de Jllengon, y sobre el peinado exótico que un aharadista inventó, diamantes de ricas aguas envidia dieron al sol. a beldad y el artificio, en indestructible unión, consiguieron más de un éxito en política y amor. ¡Pero tioy que una moda inicua los detalles os quitó, dejando á las formas pla sfiaas su natural proporción, solamente con recursos que tenéis, gracias á S) ios, podéis conservar incólume y aun con grandeza mayor la tenaz prerrogativa, que es de vuestro sexo el don. ¡Jíujeres, tiernos verdugos! ¿quién diablos os da esa voz que nos mata ó que nos sume en letárgico sopor, y es de los quince s los treinta de arpa dulcísima el son? y halláis disculpa en el barro para vencer al pudor y enseñar en las enaguas rigideces de almidón? ¡Por qué entre el tupido velo recatáis el similor, como estrella solitaria que si cabello se prendió? ¡Por qué si lleváis el luto tal forma dais al crespón que va enseñando imprudente lo que la pena ocultó? ¡Por qué mientras vuestros cónyuges, de su arduo destino en pos, van con calzones de alpaca cuando se hiela el alcohol, cruzáis, ángeles del lujo, por este mundo ramplón con capas episcopales y manguitos de castor? ¿Qué genieciilo travieso vuestros cabellos pulió, poniendo con nuestras crines esa diferencia atroz? ¿Qué buril abrió esos ojos, cebo de nuestra atención, diáfanos, puros, con brillo sutil é investiga Jor? ¿Quién ha puesto en vuestras almas tantísimo quid pro quo, y viceversas tan rápidos en vuestro carácter non? ¿S or qué el arfe de las faldas cursáis con tanto fervor, y aprendéis á sostenerlas con despótico tirón. Zriunfáis lo mismo que siempre triunfáis, y tenéis razón, porque, emblemas de la vida, sois su grandeza mayor; porque, antídotos del hombre duro, grosero y feroz, dais por la altivez martirio, dulzura por el rencor, por la blasfemia oraciones y por ia falta el perdón; porque sois, sin duda alguna, la obra perfecta de Sios; por eso tenéis, mujeres, un trono en mi corazón. I. EOPOLDO L Ó P E Z D E S A A DIBUJO DE VÁRELA