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lAMUJ RyíAQAI f Iva aspiración de todos los hombres de buena voluntad á que se supriman las fronteras de las naciones y llegue la humanidad á un estado uniforme de cultura y. progreso, no es solamente un anhelo masculino. Mucho más pueden hacer las mujeres que los hombres en bien de esta generosa aspiración, ya que ellas sOn las que llevan la dirección sentimental del mundo; y si para educar y dirigir los sentimientos lo primero, es disciplinar y encauzar las sensaciones, no es dudoso que la moda, en la cual se manifiesta el gusto artístico femenino, ha de ser uno de los principales medios de lograr la aproximación simpática entre los pueblos. Las mujeres orientales, que durante siglos y siglos han permanecido rehacías á la aceptación de las modas de Occidente, van ya convenSiéndose y pasando por el aro, muchas de ellas con verdadero gusto. No hay para qué repetir el consabido ejemplo de las damas japonesas, aun cuando sí debe notarse que quizás ésas señoras, al vestirse a l a europea, han hecho por la cultura y el vigor del prepotente Japón tanto como- sus maridos. Mucho más reaccionarias que las japone. sas, las mujeres de raza musulmana hasta ahora no habían consentido en cambiar de vestmienta; pero, por fin, la moda va imponiénA MODA e o s MOPOI ITA dose en algunos casos aislados. De ellos, el más notable es el de la bella y elegantísima princ e s a egipcia Mohamed- Ibrahim, prima del actual Khedive y nieta de aquel ilustre Ismail Pacha, tan famoso por sus ideas progresivas y por haber librado al país egipcio de la tiranía de los sultanes, como por su prodigalidad alocada y su fastuosa manei a de vivir. Da princesa Mohamed- lbrahim, que por su hermosura y elegancia ha llamado poderosamente la atención de la sociedad internacional reunida en Montecarlo esta primavera, es quizá el primer ejemplo de mujer oriental que haya logrado adaptarse por completo á las njodas parisienses y ser confundida con una p a r i s i e n s e de veras. Da toilette con que la vemos en el jardín del Hermitage de Monaco (vestido claro de muselina, gran sombrero negro de encaje y novísima e s t o l a de marta, con cintas y pasadores de encaje crema) puede servir de figurín, lo cual no sucede nunca con los vestidos europeos que se ponen las damas del Japón. Verdad es que la raza egipcia es quizás más europea que cuantas viven hoy en Europa. Y no debe olvidarse que de la estatua egipcia salió la estatua arcaica griega. FOT. CHUSSE. n- FL. VIENS