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MAL DE MUCHOS... chacha era una perla, la, niorenita, con hermosos) ios que sonreían con freipre con expresión de indi; no con esa elegancia sedicado gusto y selecta cosjecto pretencioso y frivolo- ÍÉtí? t 5 edad pretenden las medialarse con las notabilidades. 3, hacía efecto en el peque. i, i, 7 Angelita veía satisfechas sus pretensiones y colmado su orgullo cuando las miradas se fijaban en ella como en un ave de vistoso plumaje. l enía motivos, según ella, para exigir esa admiración que la colocaba en primer lugar: su padre, aprovechando una buena racha política, había sido gobernador, y au ique el cargo había duradp poco y había dado poco de sí para los intereses de la familia, daba mucho para la vanidad de Angelita, que se creía destinada á brillar y lucir según lo merecía su importancia. Andrés, un buen muchacho de escasa inteligencia peto de excelentes condiciones, se enamoró de aquella linda muñeca que cada día lucía un nuevo adorno, y estimó como un honor inapreciable el ser admitido como novio oficial. El tenía un destino en una gran empresa que le proporcionaba sueldo seguro y susceptible ae aumento, era honrado y trabajador, y pertenecía á una familia modesta y acomodada; pero estas condiciones le parecían de tan escasa importancia al lado de la brillante novia, de la encopetada familia del exgobernador, que agradecido y humilde realizó todo género de sacrificios para casarse, creyendo siempre ser él el favorecido, y temiendo el contraste que debía formar su modesto presente con aquel pasado del cual oía contar maravillas de suntuosidad. ¿Quién no conoce los extremos á que puede arrastrar una pasión en un ser sencillo que no tiene para guiarse ni los consejos de la experiencia, ni las advertencias de una clara razón? Todos los días oímos los relatos de esos dramas del amor que mata, del amor que enloquece, y compadecemos profundamente á esos héroes que enaltece la notoriedad, cuyos nombres, abrillantados por la aureola pasional, pasan dejando sobre la sociedad escéptica como un soplo de fe y de misteriosa esperanza. Pero del héroe obscuro, humilde, desconocido, que oculta bajo aparente tranquilidad sus amarguras, que devora sus lágrimas, que tiembla en su hogar frío y teme el roce con las gentes que lo conocen; de esas desventuradas víctimas del egoísmo ajeno y de la viciada educación moderna, que callan por un falso sentimiento de pudor, que mienten para sostener una situación falsa, que se humillan una y mil veces creyendo salvar su decoro con evitar el escándalo, de esos desgraciados no se ocu -i nadie, como no sea para burlarse de su debilidad. El pobre Andrés, de abdicación en abdicación, de caída en caída, había llegado á ser al poco tiempo de casado uno de esos maridos dóciles, tímidos, que hacen las delicias de los autores cómicos cuando copiándolos del natural aciertan á llevarlos al teatro. La flamante Angelita, que no había aportado al matrimonio otra dote que sus bonitos trapos, tenía una boca para pedir, que no parecía sino que su ilustre papá era gobernador vitalicio de alguna ínsula Barataría. Necesitaba renovar su ropa continuamente, adquirir todas las fantasías de la moda, tener criadas, comer bien y satisfacer todos sus caprichos. Una elegante como ella, que jamás lo había hecho, no podía ocuparse de ningún detalle casero: eso la rebajaría á sus propios ojos; era indigno de su distinción y de lo que era su padre, de lo que había sido... Cada nuevo capricho, cada nueva necesidad que Angelita demostraba, costaba al pobre Andrés sudores de muerte. ¿Cómo negárselo? ¿cómo decirle que su sueldo no permitía aquel género de vida, que su hogar era un hogar modesto, donde con gran economía, con gran arreglo, podía una mujer sencilla y prudente ser feliz y ofrecer á su marido, con el orden interior y la moderación en todo, una existencia tranquila, pero que en la forma implantada iban al abismo de miserias y penas en que