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La constancia venció á la resistencia, y levantados los buenos sobre los malos, se distribuyó la justicia por igual para todos los vecinos del pueblo. De allí en adelante, no habiendo agravios, no había quejas; no habiendo descontentos, no había partidos; no habiendo provechos, no había ambiciones, convencidos todos de que el poder es una carga y no una comodidad para quienes lo ejercen á conciencia. Juan mantuvo su ideal de matar la política, y lo realizó precisamente ejerciendo la política. Tanto se enfrascó en ella, que no había político más activo ni entusiasta en la provincia. El dirigía las elecciones municipales y él llevaba el pueblo en masa á votar las candidaturas para diputados, pero continuando sin tomar partido ninguno ni servir intereses personales. Votaba hoy á los negros y mañana á los blancos, según convinieran unos ú otros á las necesidades y conveniencias del momento, á estilo de los países prácticos, donde el mismo distrito que elige ahora al conservador elige después al liberal, y no por manejos y artimañas de los Gobiernos, sino por libre y espontáneo atisbo de la opinión. Esta que parece inconstancia en ideas, es en realidad la constancia del buen sentido. Distingue los tiempos, y concordará la justicia dijeron con razón los jurisconsultos latinos. Juan llegó á la última abdicación: á ser orador, arte que él consideraba como la desnaturalización de la palabra concedida al hombre pai a entenderse y no para confundirse, dando á la mentira sonido de verdad. Aún recuerdan con asombro los que le oyeron los discursos que enderezaba á sus convecinos cuando los veía desmayar en las contiendas. No olvidéis, ciudadanos- -exclamaba con el énfasis propio del charlatanismo, tan despreciado por él, -no olvidéis nunca lo que habéis visto por vuestros ojos y padecido en vuestros hogares. La apatía política es signo de ati aso de los pueblos, aunque se disfrace con el nombre de neutralidad en los que presumen de cultos. Son ciertamente abominables los políticos de profesión y de industria; mas por eso mismo no se les puede mirar con la indiferencia que los deja vivir, sino ailtes bien, acometerles para destruirlos, que no es la indiferencia el arma del aborrecimiento. Y así como se dijo odia el delito y compadece al delincuente ha de decirse odia á los políticos y ama la política Amadla y practicadla con el espíritu sereno y el corazón purificado. ¿Proscribiríais de vuestras casas el arte de regirlas y administrarlas porque el mayordomo y los criados no cumpliesen según deber y conciencia? No; arrojaríais de ellas á los malos servidores que. tal hicieren. El cuidado del amo forma la hacienda nueva, levanta la decaída y aumenta la levantada. De igual svierte, la política hace pueblos nuevos, levanta á los caídos y exalta más á los levantados. Es, en verdad, absurdo echar sobre este ó el otro Gobierno la responsabilidad de accidentes circunstanciales; pero hay que exigirle cuenta de la dirección general y del estado moral de los pueblos, y culparlos por su decadencia ó glorificarlos por su prosperidad. ¿No son culpables del atrasoN- flojedad de la raza china su apatía oriental y su vieja política, que ha limitado la cultura á las castas superiores? Y la indiferencia musulmana y los malos gobiernos, ¿no son también culpables de la barbarie de Marruecos? No se arguya que esta es cuestión de raza ni de climas. Raza mongola como la china es la japonesa, y allí está en la primera línea de las naciones actuales. En clima africano viven, como los marroquíes, ios transvaalenses, y ahí están poniendo á raya á Inglaterra. Han concurrido cada cual en su medida á esa transformación, interviniendo en la política para escoger por gobernantes á los más aptos y más patriotas. En pequeño espacio y proporciones reducidas, se ha obrado igual transformación en esta villa desde que los perezosos hemos perdido el miedo á los muñidores y entrometidos que nos parecían entronizados para siempre. Mirad á vuestros hogares y veréis cómo se siente en ellos el bienestar y la paz de que antes carecían. El egoísmo, entendido al revés, aconseja que cuando se queme la ciudad, lo mejor es dejarla quemarse y guardar del riesgo nuestra persona. El verdadero egoísmo consiste en arriesgarse á cortar el fuego pensando que también abrasará nuestra casa. Y lo mismo sucede con la política: el verdadero egoísta está obligado á intervenir en ella en beneficio propio, porque quien mejora su patria mejora su casa. Juan sin pena, orador por fuerza y sin afición, frecuentaba éstas y otras semejantes peroratas; pero predicando con el ejemplo, hacía mucho más de lo que hablaba. Y fué alcalde perpetuo de la villa, y alcalde ejemplar, porque nunca olvidó que la palabra cumplida gobierna mejor que la palabra hablada. Si hicieran lo que Juan sin pena, no habría en E. spaña tantos Juanes con tantas penas. DIIUMOS DT: M. RTINr. i. l) EuGE- vio SELLES J y i