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W KT IM? pS JTJTi KL e i K L FKKT- A. UAN sin pena, como lo declara este apodo con que le bautizaron sus convecinos, era un hombre que se creía libre de las pesadumbres que afligen á la humanidad. Pudiera parecer que tenía un corazón de platino, inatacable por los ácidos y amarguras de la vida. Para mayor seguridad, estaba forrado de oro; es decir, que era rico, lo cual por sí sólo ya defiende de la mitad de los duelos y quebrantos. Egoísta y comodón incapaz de molestarse por nada ni por nadie, se había encastillado tras la doble muralla de su indiferencia y de su riqueza en el fondo de su casa 3 en el seno de su familia, sin interesarse por nada que ocurriese fuera de aquellos límites donde para él acababa el mundo. Desdeñaba muchas cosas; pero sobre todas las cosas, desdeñaba, aún más, odiábala política, de cuyos manejos é intrigas tenía malísimo concepto, considerándola como el mayor daño y perdición de los pueblos. No era un neutro de esos que no saben á qué partido quedarse; era un enemigo de todos ellos. Pero, D. Juan- -le decían frecuentemente sus coterráneos, -usted que es tan bueno, honrado y hábil para gobernar su hacienda, ¿por qué ha de ser tan egoistón y dejado para administrar lo que es de todos? Le haríamos alcalde de la villa y nos quitaríamos de encima tanto logrero y mandón como nos están comiendo y arruinando. -Mientras no me coman lo mío, allá se las hayan; y en cuanto á lo mío ya se guardarán, porque yo me guardaré. Y cada cual cuide de lo su -o según sus alcances. Y nadie le sacaba de su paso ni conseguía su voto en las elecciones, porque le parecían igualmerite malos todos los elegidos, fueran concejales, fueran diputados. Y es de advertir que á poco que pusiera de su parte habría tenido á todo el pueblo en la mano, porque era avisado de entendimiento, sano de corazón y recto de conciencia, cuando su egoísmo y su pasividad se lo permitían. La influencia natural de esas cualidades hizo prosélitos y formó partido, siendo muchos y los mejores entre los vecinos los que á imitación de Juan sin pena se abstenían de la política y de sus quebraderos de cabeza. Con esto sucedió que se apoderaron de la política los peores, de las varas los que menos las merecían y de la justicia los que la merecían, viniendo la Administración á ser coto redondo de los codiciosos y explotadores. Y llegaba el repartimiento de consumos. -Páguenlos los ricos, que son los que consumen, -alegaban los concejales. -Y cargaban sobre Juan y sus secuaces el cupo entero de consumos. Llegaba el repartimiento de las contribuciones. -Cargúese la mano sobre los que no reclaman por no meterse en nada, -decían los administradores. -Y elevaban las cuotas de Juan y los otros Juanes, para rebajar las de sus propiedades. Llegaba el llamamiento de soldados. -Vayan al servicio los hijos de los que pueden pagar la redención. Y el Ayuntamiento preparaba las operaciones del sorteo de modo que siempre tocaban los números buenos á los parientes de los concejales. -Llegaban los servicios de policía urbana, y las calles donde vivían los concejales y su parentela parecían tacitas de plata, mientras las otras calles parecían estercoleros. Tocábase á los servicios de vigilancia y seguridad en el pueblo y sus afueras, y la guardería entera se dedicaba á las casas, las huertas y los sembrados de los amigos, y los olivares, hortalizas y domicilios de los demás quedaban á merced del pillaje y del hurto de chicos y grandes. Con lo cual la villa y sus contornos adquirieron tan mala fama, que nadie se. atrevía á acercarse á ellos por miedo de ser desvalijado. Era inútil reclamar contra las injusticias, y tiempo perdido el de alzarse de los acuerdos municipales. Los mandarines daban el acta al diputado provincial y al diputado á Cortes, y los recursos, alzadas y expedientes quedaban siempre resueltos á favor del Ayuntamiento en la capital de la provincia. Como de los escarmentados nacen los avisados, Juan sin pena llegó á convencerse á fuerza de escarmientos, de que la indiferencia en que cifraba su tranquilidad tenía inconvenientes serios, y de que la política, que consideraba ocupación de desocupados y entretenimiento de ideólogos y charlatanes, tenía sus consecuencias reales y tangibles para los intereses privados. Eran ideologías con ser corpóreo. Entendió que aquellos derechos de que él se reía y mofaba eran deberes verdaderos del ciudadano, como son deberes del padre de familia intervenir en el gobierno y administración de su casa, porque al fin v al cabo la patria es la extensión del hogar. Juan y sus amigo s echaron el pecho al agua revuelta de la política. Costóles no pocos trabajos desarraigar á los poseedores, agarrados como el perro á la presa y sostenidos por la complicidad de los gananciosos y la ayuda do las malas artes en que el oficio les había hecho maestros.