Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Eb em h NUB RO LÍRNJAMÍN acababa de llegar de un largo viaje por f Europa y América. Era el primer día que iba al casino, donde inmediatamente le rodearon sus amigos, ansiosos de darle un apretón de manos y de reintegrarle á la Pena, de la que era uno de los más alegres é indispensables elementos. Todos los que formaban la trinca acordaron comer juntos para so lemnizar de este modo el regreso de Benjamín, y después de la comida, cuando la satisfacción se reflejaba en los semblantes y la expansión desbordaba en los corazones, solicitaron del recién llegado la narración de algún lance saliente de amor, pendencia ó aventura de las más culminantes de cuantas le hubieren ocurrido en sus largas excursiones. -Voy á complaceros- -contestó el interpelado; -hay éntrelo que he visto y oído una cosa sorprendente que ha dejado en mi espíritu profunda impresión. Se trata de un cura negro, ó mejor dicho, de un negro cura. Yo no había vi. sto ninguno, y claro está que cuando me encontré en su presencia llamó tan poderosamente mi atención, que no pude sustraerme al deseo de hablarle. Era un hombre amabilísimo, todo bondad y modestia, de un trato afable y encantador. Nos hicimos muy buenos amigos, y un día, cuando ya tuve alguna confianza con él, me arriesgué á hacerle varias preguntas respecto de su estado y posición. Animóme con sus respuestas, y me decidí á interrogarle sobre lo que más excitaba mi curiosidad: el cómo y el por qué había llegado á hacerse sacerdote. Con su amabilidad acostumbrada me respondió, y aquí viene lo maravilloso, contándome toda su historia con dejos de profunda amargura y de evangélica resignación. -Yo era salvaje- -me dijo: -formaba parte de una tribu de antropófagos que habitaba en el centro de África, sin más ocupación que la de guerrear con las tribus vecinas y procurarse el sustento. Así vivía feliz: mi cerebro no era otra cosa que una parte del cuerpo que cumplía sus funciones como el estómago, el corazón ó cualquier otra. No sabía, no conocía nada, y en aquel estado bárbaro y primitivo era uno de tantos, parecido á los míos, sin más ambición cjue la de ser fuerte, único modo de sobresalir entre los de mi raza. Un día, siendo yo mozo aún, llegaron á nuestro rancho unos misioneros con el objeto de catequizamos. Su valor á toda prueba, y su constancia rayana en tenacidad, les hicieron conseguir parte de lo que se proponían. Convirtieron á unos cuantos, entre los cuales estaba yo. Me tomaron cariño, al que correspondí con mi sumisión y mi afecto, por lo que me llevaron en su compañía. Hiciéronme estudiar, y poco apoco, de una manera sistemática y metódica, fueron pulimentando mi alma y modelando mi inteligencia. Al cabo de algún tiempo era ya un hombre civilizado capaz de las mismas empresas que los otros. Educado por sacerdotes, sin haber visto del mundo más que las paredes de un convento, se despertó en mí el misticismo, y al interrogarme acerca del rumbo que deseaba imprimir á mi vida, respondí que el estado eclesiástico era lo que me parecía mejor. Por eso soy cura, por convicción, por gratitud y por arrepentimiento; pero no soy dichoso. A. civilizarme meihan hecho infeliz; han sembrado en mi espíritu y en mi cerebro dudas y temores, obligándome á luchas conmigo mismo para las que no tengo suficiente fortalezí. Cuando salvaje, la alegría era mi inseparable compañera; buenos ó no, los actos que ejecutaba eran espontáneos; al amar arrullaba por instinto, como arrulla el palomo; si rugía, hería ó mataba, lo hacía como el tigre, por ferocidad innata, por impulso invencible de la materia. Puso la civilización sobre mí su mano protectora, y amargó mi existencia trayendo á mis párpados el insomnio; porque al enseñarme, al descubrir ante mis ojos horizontes y mundos hasta entonces desconocidos é ignorados, despertó dudas horribles en mi ánimo y me hizo. conocer los efectos de una conciencia que se yergue airada arrojándome al ro. stro la responsabilidad de actos inconscientes. Hay un episodio en mi juventud que no consigo apartar de mi mente, que turba mis oraciones, que entristece mis horas. En una ocasión mi tribu iba de marcha. Guiados por la ambición, caminábamos en busca de otra tribu para pelear con ella. Un torrente detuvo nue. stros pasos, y en la estada forzosa que hubimos de hacer para vadearlo, se concluyeron las provisiones, sin que hubiera posibilidad de reponerlas en aquel sitio falto de vegetación, y, por consiguiente, de caza. Elegada el hambre, hicimos lo que hacen hasta los europeos en caso análogo: sorteamos para ver quién se había de sacrificar por el bien de los otros. La suerte disignó á dos mujeres, y una vez decidido este punto, lo demás no tenía importancia entre caníbales. Nos comimos á aquellas dos infelices, y proseguimos nuestro camino sin volvernos á ocupar de tal incidente. Por entonces nada turbó mi trancjuilidad ni mi digestión; pero desde que soy sacerdote, desde que tengo conciencia y pensamientos de hombre culto, no puedo desechar el horror de aquella escena. Una de las mujeres del festín era mi hermana, y su carne produce en la mía crispaduras dolorosas, turbando su recuerdo todos los momentos de mi vida. Sé que no soy culpable, y sin embargo ni la razón ni la filosofía me hacen sobreponerme á esta idea. ¡La civilización es una cosa muy hermosa que hace infelices á los hombres y acibara su existencia! Esta es, amigos míos- -terminó Benjamín, -la historia del cura negro. Vosotros me diréis si no es asombrosa y si no merece que se piense en ella. Yo comprendo muy bien que aquel desgraciado sufra á veces la nostalgia de sus bosques y de su pasada incultura, porque el hombre es tanto más infeliz cuanto más se separa de la bestia. ftlIÍUJOS DE 1. FRAXCi í M A N U E I DE C A S T R O Y TIEDRA