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los que escaparon mejor librados salieroi manos como botas. Hubo que lamentar ras de narices, fugas de dientes, muelas líos, roturas de brazos, terceduras de pier chazones de carrillos, nublados de ojos, f pelos, nacimientos de chichones y aparic cardenales. Doce mil sevillanos y quinientos car locos de pánico, pedían lo mismo en un inmenso alarido: ¡El domador, el domador Y el repugnante Chute, autor de tanto estrago, corrió hacia Jean reventando de júbilo al pensar en las ovaciones que le aguardaban, y sin caer en la cuenta de que hay u n Dios justiciero que, tarde ó, temprano, descarga el peso de su cólera sobre los Chutes. ¡Jean! ¡Jean! -gritaba, empujándolo rudamente para que bajase. ¡Jean! ¡Ah, no; eso no, amigo! Jean no bajaba aunque se lo pidiese el mismísimo San Chute bailando de coronilla. Gruñó humildemente, y su amo le dio un trancazo; gimió suplicando, y volvió á sentir la tranca en las costillas; se rebeló colérico, y la estaca, vigorosamente manejada, e n t r ó en relaciones con su cabeza, que sonó como un coco al romperse. Entonces Jean perdió la paciencia y la resignación, y acor rfí Sf dándose de los tormentos sufridos, las ofensas toleradas y los palos aguantados, se afirmó sobre las robustas patas, alzó ¡el brazo dciecho, estiró la velluda manaza y, describiendo con mano y brazo un extenso círculo, atizó á Chute tan monumental é inverosímil bofetada, qitc la cabeza, silbando como una bala, le chamuscó el cabello á una mujer y convirtió en ceniza la tejo donde fué á estrellarse. Es imposible encontrar sesera más dura sobre los hombros de un criminal. Después, Jean, satisfecho de sí mismo, cogió un mendrugo, y cuando pulcramente se lo llevaba á la boca, le dispararon un tiro por la espalda; volvióse indignado para castigar al traidor, y otro cobarde le rajó de un machetazo. ¡Por Cristo, caballeros! -gemía el desdichado. ¡Si no me meto con nadiel Y los caballeros le contestaban á pedradas, navajazos y tiros. No hay caridad! -exclamaba el cuitado. ¡Nadie me ayudará! 3- sí: á morir pronto. Un balazo le rompió un brazo y dos costillas; una pedrada le deshizo un ojo, llevándose de paso cuatro dientes. ¡Compasión, nobles señores! Estaré bailando sevillanas dos años seguidos. Y sin duda iba á continuar haciendo ofrecimientos generosos, cuando una piadosa bala le cortó la palabra y la vida. Luego vendáronse los heridos; cada espectador, más ó menos deteriorado, ocupó su sitio, y se siguieron lidiando toros. Por cierto que algunos carrioneses y bastantes sevillanos- ¡si no lo oigo no lo creo! -se permitieron criticar acerbamente al pobre Jean por su último inofensivo capricho, sin pizca de respeto á la muerte. ¡Q u é cinismo! -exclamaban. ¡Comer después de un asesinato! ¡Y con la plaza llena de heridos! Yo entonces no contesté, por la excitación de los ánimos. Pero ¿queréis saber lo que decía para mis adentros? ¡Pues que hizo bien! Que todos los momentos son buenos para comer; que Chute- ¡Diosle haya perdonado! -mereció quedarse sin cabeza, y que vosotros, sevillanos y carrioneses, os hubierais evitado disgustos y chichones quedándoos en casita. ¡Las cosas claras... y salga el sol por Antequera! ¡Ah, paisanos! ¡Ir á ver el suplicio de dos pobres artistas! Toda la gente seria os censuró T. LÓPEZ PINILLOS DIBUJOS DE REGIDOR