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Y Loló sacaba fuerzas de flaqueza y brincaba y ponía los brazos en arco, y daba pataditas con la sal de un trianero. ¡Mira que si todos lian pagado algo, Jean... El amo se hará rico. -Quizás comamos hoy pan tierno. -Aplauden otra vez, Jean. -Aplauden, Loló. Aquí saben apreciar el arte. ¡Qué ciudad! Y sonó el clarín. ¿Cómo os lo pintaré, señores? Fué visto y no visto: un relámpago, una exhalación. Abrirse la puerta del toril, ver el espantoso torazo á los desdichados bailarines y lanzarse sobre ellos con el brutal empuje de una tromba, desde la obscuridad de su antro, mugiendo improperios, echando fuego por las uarices y dando tales pezuñazos que levantaba espuertas de arena, fué una misma cosa. ¡Sin una vacilación caritativa, sin reflexionar un segundo, -1 r -t. nrr T! t l. n i. -i r í v J i: i 1 1. nía I uecon 1 o n- í. -l 1 -ii. i. j- 1 i mover una muralla, y se vio subí. á Loló como una flecha, d i s m i n u i r i poco á poco de tamaño, convertirse en un puntito negro y desaparecer, por fin, entre las nubes. ¡Qué cornada, Santísima Madre de Dios! Doce mil sevillanos y quinientos carrioneses incapaces de mentir, á pesar de las malignas imputaciones de Chute, pueden jurar que nunca han visto otra más descomunal. El mismo toro, espantado de su bárbara hazaña, meditó un momento, y gracias á esta providencial vacilación, Jean, con los pelos erizados y las patas temblonas, saltó la barrera y se puso en salvo, al mismo tiempo que su hermano entraba con la palma del martirio en el paraíso de los osos. Y no entrar con él fué su desgracia. Morir de una cornada, cruzando el espacio con la velocidad de un proyectil, y despanzurrado, no es agradable; pero es preferible á entregar el alma á fuerza de pinchazos, pedradas, palos, puñaladas, tiros y coces. Y así la entregó Jean. ¿Por qué? Pues por el pánico irracional de las muchedumbres que, espantadas, cometen las más terribles villanías inconscientemente. Atiendan ustedes: Jean saltó la barrera con los pelos erizados y las patas temblorosas, como ya he dicho; rompió á llorar; vio aterrado que á Loló se lo habían sorbido las nubes; y su miedo naturalísimo, centuplicándose, le hizo pensar en su seguridad. Y por eso, por evitar la muerte, simplemente, subió al tendido. ¡AHÍ fué Troya, lectores de mi alma! Mis paisanos, que habían visto la célebre trompada que hizo volar á Loló sin inmutarse, se asustaron de la visita de Jean. Gritaron las viejas, berrearon los niños, lloraron las mujeres, votaron los hombres. Los de la barrera empujaron á los de primera fila; éstos á los de segunda, que á puñada limpia pretendían ganar un escalón; los de la cuarta agredían á los de la quinta, y los de los palcos batallaban con los furiosos asaltantes que querían tomarlos. El griterío era ensordecedor; las maldiciones, votos y reniegos caían como granizo; llovían uñetazos, mojicones, coces, cabezadas, codazos y puntapiés; se repartían las bofetadas con tal prisa, brío y bue deseo, que