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Pasaron los años... Chute comiendo de lo bueno y bebiendo de lo mejor. Los osos recibiendo trancazos y devorando mendrugos, después de andar leguas y leguas y de bailar como desesperados Y con el baile, que, como ustedes saben y está demostrado, acorta la vida, y con las palizas, que ablandan los más du. ros huesos, Jeau j- L, oló envejecieron prematuramente. Se equivocaban al hacer el ejercicio; se caían al dar las vueltas en las sevillanas; gruñían sordamente al recibir los palos, sin pizca de fiereza, resignados como jjerros. Y el público, de labriegos, maliciando que Chute devoraría á los osos antes que los osos á Chute, perdió la ilusión de ver una tragedia y cerró tercamente la bolsa. Este fué el origen de todo. Cuestión de cuartos; la más puerca de las cuestiones... No es que yo desdeñe el dinero como un asceta; pero ganarlo e m p l e a n d o los p r o c e d i m i e n t o s de Chute, me avergonzaría. Su situación era crítica. Conforme. Es caro mantener animales inútiles; es además engorroso, molesto... Mas cuando esos animales han bailado d e b u e n a fe años y años para que estenios tendidos á la bartola, t i e n e n derechoá nuestra gra titud, y no hay hombre, medianameritc blando de corazón, que se atreva á pagar sus bc. ieíicios condenándolos á un martirio afre! ito, so. Pero como el grandísimo ladrón de Chute tenía el alma más negra que la pez y las intenciones más dañadas que i; n tigre, en vez de regalar los osos á cualquier digno propietario de Carrión, que los hubiera recibido en palmitas, ó de soltarlos para que se hubiesen buscado plácidamente la vida como bestias prudentes y trabajadoras, ó de vendérselos á algún disecador, que siquiera los habría matado con prontitud y limpieza, ¿que creen ustedes que hizo? Pues cogió el tren, se plantó en Sevilla, dio el último golpe á la torpe fábula de la fiereza de sus pupilos, y por unas pesetas, Jean y Eoló cayeron en manos de un desahogado, que los con denó- ¡ah, malandrín, hijo de loba! -á danzar entre las astas de un terrible toro. Los visité en el patio de caballos minutos antes del desastre. El calor asfixiaba. De las cuadras salía un vaho mareante. En el fondo, junto á una pila llena de agua sanguinolenta, varios jayanes casi encueres componían un penco moribundo. El pobre, devorado por bandadas de relucientes moscardones, aguantaba valerosamente la cruenta operación. Le metían en el vientre los intestinos desgarrados, á manotones; le rellenaban con estopa para cortar la hemorragia; le cosían la piel y le lavaban... El noble animal, quejándose como una persona, hería el suelo nerviosamente, y con las narices dilatadas por el dolor, alzaba la huesuda cabeza, clavando en el cielo los ojos agrandados por el espanto. Se oían los gritos bárbaros de la multitud enardecida; relinchos agudos, mugidos coléricos, aullidos de clarines... Un sol implacable incendiaba la tierra y enloquecía á personas y bestias. En la Plaza estaba todo Carrión, por desgracia. Y me creo obligado á defender el buen nombre del pueblo, vivero de gente morigerada y de zorzales pechugones, consignando, en descargo de los excelentes carrioneses, que fueron á ver el suplicio de los osos porque los odiaban; y los odiaban- ¡oh sencillas criaturas! -porque ciertas venerables dueñas, con mejor intención que discurso, aseguraron que Jean y Loló eran Satanás y Lucifer que recorrían el mundo bailando para llenar sus pestíferas calderas de almas de incautos pecadores. Y hay que tener en cuenta lo que una afirmación tan grave, si sale de bocas respetables, pesa en el ánimo y en la conciencia de los buenos cristianos. Sonaron los clarines. Salió Chute con los mártires, y haciendo genuflexiones ridiculas el vanidoso, clavó una estaquilla en medio del redondel y los amarró. El público, riendo, satirizaba á los infelices luchadores, burlándose de sus greñas, de su delgadez cómica, de sus movimientos desgarbados y de su poca limpieza, sin considerar que los osos pierden grasa cuando no comen, y que, respecto á la elegancia y al aseo, profesan distintas ideas que nosotros. Pero un incidente venturoso mató la crítica é hizo estallar el aplauso: Jean y Loló, de pie, como hombres, evolucionaban gallardamente. Después, al entonar la música un pasodoble, recobraron sus bríos juveniles, olvidaron hambres y pesares, y deseosos de complacer á tan lucida concurrencia, empezaron á bailar, enardecidos por las aclamaciones. Jean, llorando de alegría, animaba á su hermano: -Ahora, la vuelta. Con gracia. ¡Duro, Loló!