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Jean y LDOIÓ P RIMERO le llamaron el Francés; al poco tiempo, cuando empezaron á conocerle, el Franchute; y cuando le conocieron del todo, por una contracción despectiva, quedó convertido en Cliute mondo y lirondo. Chute, afirmo yo por mi cuenta, era un completísimo canalla, con cara de mono, corazón de conejo y alma de hiena. Burlón, desvergonzado, incrédulo, borrach danzarín, se hacía antipático á toda la gente de orden. Le conocí en una honrada taberna de Carrión... Carrión- -lo digo por si alguien tiene la desgracia de no saberlo- -es un pueblo- próximo á Sevilla, con iglesia, calles casi empedradas, buenos molí -i nos aceiteros, admirable alumbrado las noches de luna, y tierras pardas, fértilísimas, que crían sombríos olivos, bizarros alcornoques y alegres viñas. En Carrión las casas son blancas, el sol rubio y el vino dorado. Hay en vciano ejércitos de cigarras bajo las frescas matas de los melonares; en primavera, legiones de golondrinas africanas, y en invierno, bandadas de tragones zorzales cebados como pavos, y rapaces é insolentes como Chute. ¡El miserable! La juventud de la provincia en masa- ¡y conste que soy enemigo de las exageraciones! -le adoraba. Los carrioneses, prendados de su gracia diabólica, seducidos por su elocuencia endemoniada, cometían mil pecados feísimos por obsequiarle... Mozalbetes que violaban el arcón paterno, gastándolas pesetas hurtadas en viles francachelas; mocitas que escatimaban el dinero á San Antonio p a r a p a g a r u n a función de Chute; chicos que asaltaban graneros y despojaban alhacenas para que el desvergonzado parásito engordase... JY cómo creen ustedes que pagaba á sus víctimas el bellaconazo responsable de tales abominaciones? ¿Con payasadas? ¿Adulando? ¡Con insultos! Así mismo. Llenaba la panza, gracias á la generosidad de aquellos inocentes, se hartaba de mosto, y dando puñadas en las puertas, berreaba que los de Carrión, y los de Huelva, y íos de Sevilla, y los de Málaga... todos los andaluces eran unos charranes de siete suelas, que salían á embuste por palabra. ¿Se concibe mayor indignidad? Pues lo inverosímil, lo que me tuvo asombrado media hora, fué la nobleza de los carrioneses. Ni uno sólo protestó; impasibles, dejaron pasar la envenenada calumnia; perdonaron al que les despreciaba, y no hubo un hombre que al insulto contestara con el insulto. No hay que olvidar que los de Carrión, y los de Huelva, y los de Sevilla... los andaluces, embusteros y todo, le dieron á los soldados de Dupont la más soberana tunda que se ha dado en el orbe. Ni un carrionés ignora que en Bailen perecieron de setecientos á ochocientos mil franceses, con tres mil capitanes generales á la cabeza; y sin embargo, nadie quiso golpear á Chute con esta gran verdad, tan in negable, que le hubiera dejado por los suelos. Los granujas tienen suerte; y Chute, créanme ustedes, era un granuja. En cambio sus pobres compañeros... ¡qué compañeros! sus esclavos, Jean y Loló, eran ángeles del Paraíso. Dulces, afectuosos, amables, mansos... Hacían el ejercicio, se dejaban tocar por los niños, bailaban sevillanas... Chute recorría con ellos las ferias explotándolos inicuamente. Habían nacido en los Pirineos, dentro de España, y por eso, sin duda, los odiaba el malsín, apelando á los más bajos procedimientos para deshonrarlos y conquistar, á costa de las pobres bestias, la admiración de la gente crédula. ¡Atansión, señorres! ¡Voy á empesar mis ejersisios con los terribles osos de la Russia! ¡Animales ferroses que ya han comido ocho domadores con famillia y todo! ¡Yo no temo! ¡Voy á castigar á los terribles osos comedorres de hombre! Y el maldito farsante apaleaba á Jean y Loló hasta que le dolía el brazo, sabiendo perfectamente que jamás habían comido otra cosa que raíces tiernas, pan y miel. ¡Conque comedores de hombres! Y esa bola, ¿no es más gorda que todas las bolas juntas de todos los embusteros de Andalucía?