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Pero rXUüi DO (iía ser el resquicio por donde entrara la felicidad cii el espíritu de Juan, tan cerrado á toda clase de s? Pues era otro achaque de la vanidad liuinana. Pero vanidad elevada, noble, lítil y muy superior á la ridicula de matar un conejo más menos. El mísero, obscurísimo é invisible pastor del monte, sintiendo su insignificancia, ponía empeño en demostrar cómo no hay hombre que no sirva para algo á ios demás, ni enemigo pequeño, ni amigo despreciable. Y se daba á hacer favores y servicios á toda persona que se hallaba en apuro ó necesidad de que él pudiera sacarla, preferentemente á las de mayor jerarquía. Si veía á un leñador que no podía con la carga de leña, Juan le ayudaba para llevar el peso. -Amigo, le decía, ¿ves cómo los viejos podemos más que los mozos? -Y se volvía á su ganado con el orgullo de su acción y de su fuerza. Si topaba con un caminante extraviado por el monte, Juan andaba sus buenas leguas hasta sacarle al camino derecho. -Amigo- -le decía, ¿ve usted cómo un mal cabrero puede evitar un peligro á un buen traficante? Si sorprendía á un cazador monteando en terreno que no era suyo, en vez de denunciarlo al guarda jurado, le dejaba marcharse, pero cobrándole en gratitud, que nunca en dinero, el silencio. -Amigo- -le decía, ¿ve usted cómo un pobrete puede salvar de una multa á un rico? Y con ello vivía feliz, buscando siempre ocasiones de hacer favores para satisfacer su vanidad de hombre de provecho, sin importársele un ardite de sus fatigas, escaseces y quebrantos. Su gozo supremo, su triunfo definitivo fueron los de favorecer á su propio amo. ¿Quién le dijera á J u a n que iba á hacer feliz á D. Juan? Pues lo hizo. Enterado de las cuitas de su señor y de la causa de ellas, trazó y puso por obra la manera de curarlas, u n a s veces con su escopetucha, otras con sus perros, recogía doce piezas de caza cada día anterior á aquel en que D. Juan había de venir á la dehesa. Acompañábale como ojeador, y callaba siempre que el amo hacía buen tiro. Pero cuando lo erraba, salía corriendo tras del conejo salvo gritando; -Señor, va herido, pero los perros no darán con él; tiene cércala madriguera. Yola conozco, porque me sé de memoria y palmo á paiJio el monte. Y regresaba con uno de los conejos que tenía preparados, metiéndolo en el zurrón, sin entregarlo á D. Juan para que no conociera que estaba frío, como muerto el día antes. Desde entonces el conde volvía á casa siempre con la cuota deseada, y fué el hombre de la dicha completa. ¿Qué tal? -exclamaba el buen Juan ebrio de orgullo. ¿Que no valgo nada? Pues sirvo más que los millones y títulos del mundo. Sirvo para hacer feliz al señor de toda esta tierra. Y ahora á picar mis migas, que van á saberme á gloria. Y volvamos á la moraleja: No hay felicidad ni infelicidad; hay felicidades é infelicidades, según la persona y el caso en que se produzcan. Gustos y disgustos son no más que imaginación. ¿Puede haber infelicidad más fantástica que la de D. Juan, triste por su falta de puntería, ni felicidad más imaginaria que la de hacer para otros una felicidad también ilusoria? EUGENIO D I B U J O S DE ME. VOEZ BRINGA SEI LÉS