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f t r a desdicha es como la humedad: no hay pared bien defen 1 ni obra bien preservada de ella. Se filtra, se extiende, e, ablanda, come, y al fin pudre y arruina la casa. a dicha es como el aire: siempre halla resquicio por donde- entrar, aun en los corazones más cerrados, y cuando haya metido en ellos su primer hilo, tras él se entrará la bocanada, estableciendo una corriente que vivifica y sanea lo C ue pai- ece inhabitable y mortífero. De igual modo, tenían el feliz D. Juan su gotera por donde le calaba la humedad, y el desdichado Juan su resquicio por donde le entraba el aire respirable. El señor gozaba de pingües rentas, abundancia de deleites, amor en su casa paz en el espíritu, suerte en todo. ¿Qué podía conturbar su ánimo? Ivl criado no poseía nada: ni dinero, ni casa, ni descanso, ni comodidades, sino miseria, soledad y fatigas. ¿Qué podía alegrar su existencia? El inisnio exceso de Ijienes traía el mal, y el mismo exceso de males traía el bien. U paladar acostumbrado á almíbares, sábele á acíbar el más ligero picante. Cuéntase que los niuelies habitantes de Síbaris no lograban conciliar el sueño cuando hacía una arruga la sábana del lecho. Tal era el refinamiento y sensibilidad de su piel. Y al paladar acostumbrado á los ácidos sábele á gloria el confite menos dulce. Cuéntase de Milciades que no le producían disgusto ni efecto los venenos, porque tomándolos á diario, el organismo se había connatu. ralizado con ellos. ¡Cuál sería su deleite cuando saborease azucaradas manzanas cogidas del árbol inocente de que no podía teiner envenenamiento ni traición! La costumbre rinde por cansancio la sensibilidad. Elay que bendecir al dolor y recibirlo como regalo de la providencia, porque matar el dolor es matar el placer. Perpetuar el día es amortiguar su esplendor; porque quien no ha andado en las tinieblas, ¿cómo estimará la hermosura del sol? El conde era gran aficionado á la caza; y si su puntería fuera como su afición, no habría para él conejos ni perdices bastantes en los extensos y bien guardados cotos de su propiedad. Nadie le oyó jamás alabarse de nada, sino de su acierto con la escopeta. Además de las salidas cortas que solía hacer después de la comida á modo de ejercicio para la digestión, pasaba dos días enteros de la semana en el cazadero. Pródigo de su caudal y no egoísta eu sus diversiones, daba fiestas y banquetes, de que disfrutaban sus amigos. Pero nunca llevaba convidados á las expediciones de caza. Aquéllas eran las horas sagradas, de placer íntimo, que pertenecían á él solo, como su estudio al sabio, su amor al esposo, su oración al devoto, y nadie, por generoso que sea, convida á los amigos á compartir las caricias de la amada ó los trabajos del espíritu. Iba sin otro acompañamiento que el de un sirviente y los perros para el ojeo. Todo ruido, voz ó figura que no fuesen de la naturaleza, profanaban la hermosa soledad del monte. No hay jugador sin super. sti dones ni cazador sin vanidad. Ta del conde consistía en traerse doce piezas muertas, cuando menos, en cada cacería. Pero como la puntería estaba más baja que el propósito, pocas veces llegó al número reglamentario. Y esto le amargaba la fiesta, á punto de no sosegar ni dormir pensando en el desquite. El desquite no venía, y aquel poderoso, rodeado de placeres y amo de un pueblo, vivía en constante desesperación por la falta de un conejo. Era la gotera que arruinaba su existencia.