Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L: I Í; JO coi. li y la Barca. Y apartando las grandes aflicciones de la vida, que son reales y positivas, es probado que muchas veces, las más veces, la felicidad y la infelicidad son entes imaginarios, proj- eccioncs incorpóreas de la fantasía, claridades ó sombras de un espejismo cuyo espectáculo está dentro de nosotros. Y en todo caso, la imaginación ó la falta de voluntad ponen media parte de la desdicha en las desdichas verdaderas. Donde se cree ya que la sugestión hipnótica quita y pone dolores físicos, ¿no puede sospecharse que la imaginación y la voluntad pongan y q u i t e n dolores espirituales? Y cuando alguien sostiene que no existen los c o l o r e s sino que los hace nuestra visión á la manera que el pintor los coloca en el lienzo blanco, ¿no cabe presumir que la felicidad y la infelicidad son colores fingidos de la existencia, y que ambas sensaciones no son más que modificación de la costumbre? Sin ahondar ni siquiera rascar en filosofías psíquicas y físicas, dígase de plano que no hay felicidad absoluta ni infelicidad absoluta, como no hay día j noche iguales y simultáneos para todos los hombres. Mientras en Madrid gozamos de la luz meridiana, nuestros antípodas duermen su sueño de la media noche. Y así, en lo espiritual, lo que para unos es triste ó alegre, es para otros indiferente. D o n j u á n Pérez y Juan Pérez, aunque se diferenciaran sólo por las tres letras del hidalgo don, eran personas opuestas en todo. Llamábase uno el Excmo. Sr. D. Juan Pérez de la Rivera de las Barcenas, denotando con su tratamiento, sus dobles apellidos y su título de conde, lo alto de su posición 3- de su linaje. con su apodo de Eí Cabrero, lo bajo y plebeyo de su condición. Era el D. Juan riquísimo hacendado, dueño de hermosas f i n c a s y dehesas, donde pastaban numerosos rebaños de su propiedad. Era 1 Cabrero, y el apodo lo dice, pastor de los ganados de Su Excelencia. Vivía el señor conde en suntuoso palacio, 3 entre comodidades, lujo, diversiones y fiestas. Vivía el pastor en la estrecha choza del monte, entre el humo cuando e s t a b a en ella, 3 cuando no al viento, á la lluvia y las escarchas, y unas y o t r a s veces entre trabajos, privaciones y pinchazos recibidos en las jaras al recoger l a s r e s e s descarriadas. La fortuna había ensaj- ado en a m b o s los dos extremos de la vara caprichosa con que acaricia ó azota, según mire á sus escogidos ó á s u s desdeñados. Y la irritante parcialidad de la fortuna se manifestaba lo mismo que en las cosas materiales, en las morales. D. Juan añadía á los bienes déla tierra los bienes del espíritu. Y, por el contrario, Juan tenía sobre los trabajos del cuerpo las pesadumbres del alma. El amo era inteligente, alegre, dichoso en todo deseo y toda empresa. Para él, desear era conseguir, y emprender llegar. Una esposa bella y unos hijos llenos de salud completaban un hogar libre de cuidados y amarguras. El pastor era obtuso de enteiidimiento, lo cual, privándole de los placeres espirituales, le robaba la parte más noble de las alegrías humanas Su obligación montaraz, que le excluía del trato urbano, no le permitió crearse una familia, que habría sido, más que compañía para su persona, carga para su pobreza.