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GEHTE MEnUDA i K j j j i r n w T j I lili- -HLI u n n, t, LOS G R A N D E S C H I C O S CICERONCITO 1 ARGAMENTE se ha hablado de las pequeneces de los grandes; muy poco de las grandezas de los ni ños. Y sin embargo, en éstas hay que aprender mucho más que en aquéllas. Hace años hablábamos en estas mismas columnas de tres grandes chicos que se llamaron Teresa de Jesús, Lope de Vega Carpió y Hernán Cortés. Bueno será que en estas páginas, dedicadas á los muchachos, les record emos cómo fueron cuando niños algunos de los grandes hombres célebres en la antigüedad, y de cuya infancia se conocen datos ciertos ó verosímiles. Para ello disponemos del libro inmortal de Plutarco, lectura grandemente educativa en la que se han formado los caracteres de tantos hombres ilustres y de otras muchas noticias y datos sacados de autores modernos. Los que leéis estas líneas, si habéis pasado ya del segundo año de latín, es seguro que tendréis formado un concepto bastante triste del célebre orador romano Marco Tulio Cicerón. Sus cartas, cjue os habréis visto obligados á traducir, y sus discursos, que quizás también os hayan costado algunos sudores y quién sabe si varios capones ó tirones de orejas, son escritos cuya belleza no estáis en disposición de apreciar cumplidamente. Así sucede que vais á tener que creerme, bajo mi palabra, cuando os diga que Marco Tulio fué, á pesar de vuestra opinión, un grande hombre de verdad, y al cual, desde pequeñín, se le conocía que iba á ser grande hombre. Su mamá, que se llamaba la señora Helvia, le amaba tiernísimamente, como os aman á vosotros vuestras mamas, ó quizá más todavía, porque á Ciceroncito le trajeron de París sin que hubiese en la casa ninguna de esas perturbaciones y preocupaciones que suele haber en casos tales. La señora Helvia lloró solamente de alegría al ver á Ciceroncito, que era un niño muy guapo y muy gordo y se parecía mucho á su papá y á la familia paterna, ó sea de los Cicerones, así llamados porque el fundador de la casa tenía un garbanzo (cicer) en la nariz. Parece ser que á Cicerón, cuyos primeros nombres (que en Roma se llamaban prcenomen y nomenj eran Marco y Tulio, le hacían burla en la escuela los otros muchachos por su apellido ó cognomen de Cicerón. Era como si uno de vosotros se llamase Luis Pérez Garbanzo. Un día estaban mofándose de él por esta causa, y Cicerón, poniéndose muy serio, dijo que no cambiaría su nombre vulgar y feo de Garbanzo por el más ilustre y empingorotado de la más noble familia de Roma, pues él se sentía capaz, llamándose así y todo, de hacer que su nombre sonase eternamente en el mundo y de él se acordara la humanidad entera cuando ya se hubiesen olvidado los apellidos que en su época se tuviesen por más gloriosos. Y así como él lo dijo se ha realizado punto por punto; y ya veis que de Cicerón se habla hoy lo mismo que hace diecinueve siglos, ó mejor si cabe; 5 ¿quién se acuerda ya de cómo se llamarían los ricos y los orgullosos de su época? Esto debe enseñaros varias cosas: i. a Que es una tontería y una falta de educación burlarse de un muchacho ó de un hombre porque tenga nombre ó apellido raro ó vulgar en extremo. Puede uno llamarse Conejo ó Carnero ó Galápago y ser un hombre sabio, útil y bueno. 2. a Que no h a y que pararse en los nombres de las cosas, sino fijarse en ellas á fondo para decidir si son buenas ó malas. 3. Que el niño más obscuro y de menos apariencia no debe desanimarse, sino aspirar á todo, pues quien intenta llenar el mundo con su fama, lo consigue si se aplica como se aplicó Cicerón. Ya en la escuela se distinguió Ciceroncito de tal manera por la agudeza de su ingenio y la prontitud de su palabra, que muchas personas graves iban á oirle contestar á las preguntas del maestro, y todos sus compañeros le tenían respeto y estimación, hasta los que eran mayores que él. Y a g u r a n las historias que cuando salían de la escuela todos le colocaban enmedio ó á la cabeza de ellos, por lo cual hubo algunos padres que le tomaron envidia y regañaban á sus hijos censurándoles aquellas muestras de consideración dadas á un chiquilicuatro. Y se dice que algunos de aquellos niños compañeros de Cicerón sufrieron los regaños, pero siguieron respetando á su condiscípulo y manifestándole afectuosa veneración. Y aquí tenéis otro ejemplo de cómo los niños muchas veces, siguiendo los impulsos de su buen natural, dan á los grandes lecciones que éstos debieran aprovechar siempre. DlIiUJOS DE XAUDARÓ