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o hay manera de evitarlo. L, a guerra ruso- japonesa, que había entrado en un período de franco aburrimiento para los que miramos curiosamente los toros desde la barrera, ha adquirido nueva y mayor intensidad dramática en los últimos días, á consecuencia de la terrible catástrofe del acorazado Petropawlosk, en el que perecieron rápidamente, radicalmente y, sobre todo, brutalmente, como dijo el otro, dos ilustres y archisimpáticos personajes rusos: el valeroso almirante Makharoff, general en jefe de las fuerzas navales rusas, y el valiente artista y patriota Verestchaguine, á quien tanta fama habían valido, no ya sólo en Rusia, sino en toda Europa, sus magníficos cuadros de batallas. Con la debida y necesaria atención hemos leído en la Prensa extranjera los telegramas y cartas narrando el tremendo desastre; ni lo que dicen los corresponsales ingleses y franceses, ni lo que afirma el generalísimo Alexeieff en su parte oficial últimamente publicado, constituye una explicación suficiente de lo ocurrido. Lo único indudable, lo que han referido algunos de los escasos individuos su- pervivientes á la catástrofe, entre ellos el gran duque Cirilo, que como oficial de marina iba á bordo del acorazado, es que el Petropa- wlosk, al intentar forzar la salida de Puerto Arturo para hacer frente á la escuadra japonesa que se presentaba en línea de batalla, sufrió dos violentas sacudidas, á las que siguieron espantosas detonaciones. Vióse al punto alzarse enormes llamaradas azules y rojas, que en breve dominaron la arboladura del barco, hundirse la quilla y precipitarse sobre cubierta inmensas oleadas de agua hirviendo por efecto de la explosión. Quinientos hombres perecieron en dos ó tres minutos. Entre sus cadáveres, que el mar arrojó á la orilla á los pocos días, no ha sido posible reconocer el cuerpo del desventurado almirante ni el del ilustre pintor. Naturalmente, los japoneses se han atribuido al punto la victoria. Según el almirante Togo, la noche anterior al suceso, aprovechando la obscuridad y la borrasca, unos cuantos torpederos jjenetraron en la entrada de la bahía y depositaron varios torpedos en los sitios por donde habían de pasar los barcos rusos, para lo cual había hecho los días anteriores la escuadra japonesa diferentes maniobras, sin más fin que el de observar cuáles eran los puntos que los rusos evitaban y dónde seguramente habían preparado torpedos fijos. El día indicado, la escuadrilla de torpederos, 3 en pos de ella la de cruceros y acorazados, comenzaron á maniobrar para atraer á los rusos. Acudió en primera línea el almirante Makharoff mandando el Petropawlosk. precedido por tres ó cuatro torpederos y seguido del PoMeda y de otros buques. El Pítropawlosk y el Pohieda tropezaron con los torpedos japoneses, quedando el primero sumergido y el otro gravemente averiado. De uno de los torpederos nada ha vuelto á saberse. Otra versión afirma que los barcos rusos tropezaron con los torpedos que ellos mismos habían colocado. Pero ni Alexeieff ni ningún otro personaje oficial confiesan que tal ocurriese. De todos modos, ya la inferioridad de la escuadra rusa es evidente. Los japoneses continúan desembarcando en Corea cuando y como quieren, pero la verdad es que, hasta ahora, de poco les han servido sus fuerzas de tierra. EL BARÓN DE KAXILBARS, GOBERNADOR DE ODESSA, ARENGANDO Á LOS MARINOS SUPERVIVIENTES DEL VARIAG