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niA í jK lijírosas y no 1I. TIIÍ, -I ve? q u e cu XíTja le cJUs If ¡imi- sj nr. quL nii tuvK- ra iar ¡i ¿í su írasccillü picante encaminada a e d l A r el iiniir pritpio ílel tpit leriJL- inlo crmílicioncs jiara loyr- ir olTos jiieílros, iii al r a d o d e s a r g t n t o ni í un. i e n sK tiífra iKpiraTt: Pcrct íiiie si quie -es! P o r cosas quo se le (l ¡jer: in; Grin ilve nopnsnbii de lu i esldcLoíi líiititcü leí dchcr. V a u n q u e h a v que ennft sar q u e paru eiiTiiplir esto llcijiiKt á veces á v c n l a d e r a s bcroí iuos, tan poco aprtcio haciíi de sus hazafia q u e lo éslas, ó n o se cntiTaba nadíc, 6 dejaba que- Se UiS col ra el primero á q u e le v t u í a en niicTiu? p a s a r por héroe. Con esUs coiidícioaesH sobrado es decir q ne si nmKUim de nosotras j onía b u e n a cara ante ti li: ini brc, el causaucio y el frío d e nqvicl día. uadie debía fruncir el entrecejo d é l a niaiur. i dt- 1 c a b Y dí it debía, p o r q u e desde media tarde el couiarnUmte. p a r a Chlniíí- k- males, había enciitUL- ndado A Go Á v e e l mando d e u n a dcscnhierta que nos precedía buen trecho, v qvie lan poco afortunada como nosotros, lio había dado con atajo ni senda q u e pudiera g u i a r á ü i t j ó poblado d o n d e r e p a r a r nuestras fue Jiras III C u a n d o las primeras sombras de la noclie se nos echaban va cncÍTiíaH v crm ellas se hacía m a v o r nuestro desaliento, un hecho á que en otra ocasión hubiéramos dado escaso valor, vino A despertar nuestra esperanza. W Itircer u n a rcvitella del camino, vimos volver al cabo á todo eorrer. Qué diablos traes? -le premunió el eomandailte apenas le t n v o al alcance d e la VOK. -ITn bnen hallaxro, -contestó Gon: tálvez cuadrándose militanncntc- -De qné se trata. -volvió á pregiinlar con impaciencia t- l iefe, -l e u l cbicuela q u e acabamos d e encontrar en uicdiu de) eaniino, y que, á a c r v e r d a d l o q u e dice, puede proporcionamos un a l b e r g u e v aljjo q u e comer. V antes d e q u e el comandante tuviera tiempo de hacer lliiks ÍTiterro; ¿acÍones, viri q n e dos soldados trillan como prisionera u n a p a y e s a que. A p e s a r de su desarrollo fí- ieoL no reprostritüba máh de los quince años. La muchacha, astrosa de vestido, pero no del todo fea d e cara, menns n- viislada de lo que el caso retjuería, todo lo q u e b a t í a era bajar los ojos, conio si r tiisíera esquivar nucstriis miradasA pesar de elle conte- Sló con entereza y sin vacíUcióii ali nna al atorio á q u e se l a sujetó. ¿Dúiide ib: is á eslarí horas y con este temporal? -3 prt. Líiinlii n u e s t r o jele. -No lo sé, 1,0 q u e 3 o quería era huir. Los amoS á qUe strvtt me habían dejado sola en u masía al saber qne se acercaban tropuM, y el nii. -do Tue h a h e c h o abandijlí. ído lodo. -JSsn pnifÍKt q u e sabíais que losqneu sajtto imábanios n o éramos f a c c i o sos, Vo no d i s lin ío d e soldatlos. l ara mí tollos son ifruales, y lo mismo me Ia los unos que los otros. Kslá m u y Jejos la casa que habitas? -A un tiro d e bala de aquí. TeUilteníos en ella d o n d e ijuareeernosy q u é comtr. -J. ns corralizas son randes. y eu ellas pueden cobijarse todos esos honihrcs. Lo de comern va es otra cosa. -l. n de siempre, A e. sos pillos nu les h a b r á faltado nada, y á nosotros nos toca reventar de i i a m b r c- -De pan no ha q u e d a d o u n a miíraja; pero todavía h a y eu el ¿granero uu buen ujontóu de h a b a s secas, y a u n q u e no muchos, y o sabré encontrar uiios trojíos d e puerco salado, q u e bastarán p a r a darlas sutistaucia. Jrit perspectiva d e aquel inesperado festín alej ri j d e tal m a n e r a á la gente, q u e el jefe, comprendiend o la j u s t a impaciencia d e todos, se apresuró á decir a l a chJcuela; -r. níanoM. Y pocos momentos después, en el ho ar de la masía se había encendido uu buen fue o, no t a n t o pnira seear nuoslrafi ropas como para hacer h t r v í r u n a e ñ o n u c caldera en q n e se eondiment. d a nn pitiaj e que, si en otra ocasión Lul iéranjos dejado sin violencia á los perros, en aqncUa nos pnrecEa no men o s suculento q u e á S a n c h o el coutenido d e las olíais d e Camacho el rico. IV De- que entre nosotros había e. Ncelentes eocincros, daba razón la prisa con que adelantaba el fementido guisote, en que cada cual se prometía abrir muy en breve no despreciable brecha. Fijo? todos los ojos en la caldera, nadie había n o t a d o la desaparición de! a payesa. ípie parecía habernos deparado la Trovidencia misma, y tal era nuestra confianza, que nadie hubiera diclío q u e h a bla soTlibra d e rebeldes y facciosos en toda Rspaíía. Pero d e que existían y no se descuidaban taulo como nosotros, no tardamos en tener señíilcs. Precisamente cuando sólo faltaban unos m i n u t o s p a r a q u e el esperado manjar estuviera en su punto, uu