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LA CALDERA DE HABAS üpisomo nn 1 S 22 1 1 A lluvia, espesa husln Í. -1 punto de fonn r tupidas cortinaíí que nos iuípcil ¡a. n v e r l o s extensos iKííqucs de alcorhíiqucs que bordeaban el poco uicuoí que inaccesible cítiuirio, era de tal luodo fría, tjue nos bc- í; il a o5 huesos. Desdi que babíamciji saiitlü de La Eisbal no habíamos litcho más que uu alio eu un pueblo que no puedo recordar sí era Flaxá ó Casi i de la Selva, pero sí me acuerdo perfectaíiiente de que en ¿1 no encoalramos uj uua migaja de pan ni quien tíos la diera, porque lui vecinos todos sospecho que, más ue por apostólicos, por teiuerüsos de nuestra cxasperaciúu al ver que ya nada les quedaba que dar líabíau huido al tener noticia de nuestra lleíjada. Con ello, y con que nuestros jefes, fuera por imprevisión, fuera por falta de medios, no se habían cuidado de racionarnos antes de emprender la marcha, llevábamos qué sé yo cuántas horas sin probar bocado, lo que voh- ia iiuealro caminar no sólo malhumorado, sino leuto y perezoso, por aquello de que tripas llevan pies, que no pieS tripas. En otras eircunstaucian, el paso de tan esifjua fuer ia couio era la nuestra por sitios rodeados por todas parles de barrancos y desfiladeros en que los apiñados troncos ofrecían scj ura guarida á cuantos quisieran hostJlileamos, hubiera hecho que toda precaución nos pareciera poca; pero t u tales nionientos, como si en la muerte esperáramos sólo las harturas y el descanso de que tan necejiítados estábamos, el despreeíar la vida no tenía méritü al ii El único ue no dejaba notar qut sintiera ni el frío ni la f ati a ni elbambrccra nueslt i comandante, í uc, impertérrito ante el aj nacero, eon aquel enhiesto enerj o de encina seca y aquel rostro aguileno a que la inclemencia de las estaeimies había dado el color de la madera vieja chapoteaba por los fauj osüs charcos con la misma liahquilidaJ que sí pisara mullidas alfombras. Abriendo la marcha de la columna, iba sin otra escolla inmediata que el tambor de órdenes y llevando íi su lado al alférez, j que ya iiu raitón se stíguía llamando abanderado, y difto sin razón porque según decreto de las Cortes, en todos los Cuerpos se había suprimido la antigua, la verdadera