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embelesado. Jarifo y sonriente salió del bosque el caballero. Sonriente y llorosa la princesa, que, suspirando, volvió no pocas veces atrás el rostro, hasta que dejó de verse la encina corpulenta. Días y días cabalgaron los amantes por comarcas solitarias, tomando, á campo traviesa, la vuelta más corta á la lejana Carleón. Al fin llegaron al pie de una alcudia cubierta de urces y sobre la que se alzaba un monasterio. Ganoso de saber en qué región del mundo se encontraban, Bdirn, á pesar de cierta tímida oposición por parte de su dama, trepó con el palafrén por los brezales hasta la puerta niayor del edificio. Allí estaba sentado el propio abad, anciano venerable, que, en viendo llegar á Ion viajeros, se alzó para darles bienvenida y entabló con Edirn. afectuosa plática. Mientras hablaban, fijóse por acaso la vista del abad en la dama de la encina, trocándose entonces poco á poco la íaz del santo varón de risueña en cejijunta. Y el abad dijo de pronto: -Vedada está á las hembras la entrada en este recinto. Entra tú, buen caballero. Edirn, apeándose, siguió al abad, quien le condujo á una capilla é hizo que alü le refiriera el mozo los pormenores de su encuentro y amoríos con la dama de las selvas. Concluido el relato, dijo grave el abad: -No es mujer la hembra que te acompaña, hijo mío, sino criatura que carece de alma inmortal, aunque goce de muy larga vida y perenne juventud. Pertenece á una casta de seres venustos que, de espontáneo modo, se crían en los bosques, lagos y ríos, y hasta en el fuego y en el aire, y suelen ser sagaces y dados al comercio de los hombres, cuando éstos son mozos y gallardos. Los gentiles, como á deidades campestres consideraban á tales criaturas, y aun dicen que una de ellas tuvo tratos con ciei to r e y latino y fué su i n s p i r a d o r a Tero no es lícito á tinien profesa nue tra s a n t a fe and; en esos contubernio Pecaste porignorarcia, m a s advertid 3 a, SI no quieres caí en nefanda culpa, d X bes apartarte al pun to de esa dríada ó ninfa. -Y notando que Edirn lloraba y empalidecía, añadió el abad: -Ora r c p o n t e hijo, que te aguardo fuera. Quedóse solo el caballero, luchan entre su amor y sus deberes r e l i g i o s o s I loraba como un niño y mesábase la barba desde hacía rato, cuando rasgó el aire un lamento agudo y oyó la voz de su amiga que g r i t a b a ¡Edirn, Edirn! C o r r i e n d o impetuoso, salió éste á la puerta del monasterio, dondeel abad, solemne, le detuvo y dijo: -C o m p r e n d í que V J K