Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
I. Tí 1- Edim y la hamadriada p i í caballero Edirn, harto de fiestas y torneos, y ganoso de más arriscados lances, habíase despedido del rey Arturo y de sus compañeros de la Tabla Redon- TM da, saliendo de la ciudad de Carleón ar í I- i Á. lo de todas armas y jinete en palafrén iX- iLíi n i J, t V J robusto. Edirn, aunque joven, garrido y valeroso, no tenía dama que le amase y le hubiese herido el corazón de amores. Pero él ansiaba amar á alguna, honesta y hermosísima, á quien invocaría en las peleas y brindaría las cabezas de leones y gigantes que cortara. Así fué que, á imitación de otros caballeros, resolvió Edirn marcharse en busca, á la vez, de señora linda y encuentros tremebundos. No pocos eran los que lucidamente había terminado, y llevaba Edirn hecho ya mucho camino por remotas tierras sin encontrar princesa alguna que le robase el alma, cuando una tarde, yendo por fragosa sierra, advirtió ún alfoz muy obscuro y cuyo fin no se veía, y pareciéndole que tan medroso paso tenía que conducir razonablemente á alguna encantada región donde le saldrían á porrillo lances prodigiosos, se internó Edirn en el alfoz y caminó por él tres horas, al cabo de las cuales desembocó en un llano rumoroso y alegre. Jamás había visto comarca tan florida, ni tan abundosa en aguas, ni donde tan lindamente cantaran pajarillos. Embelesado, vagó Edirn por el solitario bosque hasta la puesta del sol. Apeándose entonces y atando á unas ramas su palafrén, acomodóse el caballero, para descansar, al pie de una encina añosa, corpulenta y revestida toda de yedra y muérdago. Traspuesto estaba Edirn, cuando sobresaltáronle gruñidos formidables y vio descender de la en cine, un par de osos enormes y feísimos que sobre él se abalanzaron. Pero Edirn se separó con tanta valentía y fueron tales los mandobles que con su espada dio á las fieras, que á poco yacían ambas moribundas. A rematarlas iba el esforzado mozo, mas htibo de quedarse embelesado 3 con la espada blandida por el aire, porque sus ojos contemplaban á bellísima y singular doncella, que había surgido súbito del tronco de la encina. Traía la doncella, por toda vestidura, rozagante túnica de un verde brillador, y sobre la cabellera blonda que caía suelta por la espalda, una corona de yedra y de pervincas. Apenas si hollaban el césped sus pies descalzos. Sus ojos, morados y profundos, miraban con ternura al caballero. ¿Quién eres? -preguntó al cabo Edirn, envainando la espada, trémulo y arrobado por primera ver, de amor. -Quendolina me llamo é hija soy del Soberano de las Selvas, -replicó, sonrojándose, la doncella misteriosa. -Esta encina es mi árbol predilecto. Gusto de la oquedad holgada de su tronco, c ue entapizan musgo y seroja muelles. Reconocida te estoy de haber dado muerte á las fieras que me habían arrojado de mi vivienda favorita. -Y al decir esto, se hizo más dulce la voz de la doncella y más tierno el mirar de sus profundos ojos. Por demás abatanado estaba Edirn en lances portentosos para extrañar el encuentro y modo de vivir de la sin par doncella de los bosques. Traspasado de amor, y seguro ya, por el aspecto y razones de la dama, de que era ésta, de alcurnia principal, sin nuevas averiguaciones requirió enseguida, ardorosa y piulidamente, el buen talante de ella, que se tenía más de medio ganado en razón del exterminio délas bravias alimañas. Ea princesa de las Selvas (que así la llamaba Edirn) mostróse blanda de condición y no menos sensible á los galanos dichos que á las hazañas venatorias del gentil caballero, por donde, á poco, ambos estaban sentados juntos sobre el césped v sumidos en coloquio deleitable. II Tres días y tres noches de ensoñada dulcedumbre pasaron Edirn y su señora en la floresta umbría. Y día y noche fué creciendo el amor de ambos con la misma rapidez con que crecen los hongos y se esponjan. Pero Edirn quiso poner término á aqu. el solaz silvestre, regresando á Carleón con su amiga y ufanándose allí de sus proezas y su dama, la cual, por su hermosura, sería entre las nobles hembras de la corte como la rosa entre humildes florecillas. Ea princesa resistíase llorando á los deseos del impaciente paladín, pero, á la postre, accedió á ellos, montando airosa en el palafrén, á grupas de Edirn