Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
mentos de la misa, llevando entre sus manos el cáliz y los corporales. X, a. casulla y el alba colgábanle de un modo singular, flácidas, arrugadas, como si el cuerpo que las llevaba estuviese descoyuntado, ó más bien como si bajo ellas hubiera ausencia de materia corpórea. Con los ojos agrandados por el miedo miraba el pobre sacristán cómo aquel misterioso clérigo se dirigía al altar y encendía dos velas, prosternándose ante el ara para comenzar una misa. Luego, claras y vibrantes, con un acento hasta entonces no escuchado, sonaron las palabras Introito ad altare Dei. -Ad Dezim qtii laitificat ju- ventutem mcam, -masculló, sin querer, desde SU escondite el sacristán. Y comenzó la misa: la misa de difuntos más inaudita y extraña que pudo ayudar jamás ningún acólito nacido de vientre de mujer. El nuestro, desde su confesonario, decía sus respuestas en voz baja conforme adelantaba el santo sacrificio, y poco á poco, impulsado por algo misterioso y sobrenatural, ó bien por la costumbre de su propio oficio, que le impelía á sus sagrados menesteres, fué incorporándose, y sin querer, arrastrado como por encanto, fué acercándose hasta el presbiterio, y acabó por arrodillarse junto al celebrante, que seguía diciendo su misa con grave y fervoroso recogimiento. Aquello era estupendo; la nave desierta; las sombras amontonadas en los rincones; la luna filtrándose por las altas vidrieras; todo imponente, lúgubre, en silencio, sólo interrumpido por el canturreo del siniestro celebrante, al que contestaba cor su monotonía habitual el acólito, allí postrado y sujeto por fuerza desconocida. Con los ojos cerrados prestaba el sacristán su ayuda, mas siempre que el cura se arrodillaba oíase en sus calcañares un crujido seco, macabro, así como al golpearse el hundido pecho, que resonaba de un modo singular, crispando los nervios del ayu Í M T í- y dante. Al fin terminó la misa, y al pronunciar el cura su reqtUescai in pace lo hizo d e m o d o tal y con acento tan espantoso, seguido de un profundo suspiro, que el sacristán abrió los ojos despavorido, y entonces vio, muerto de terror, que el misterioso cura era un esqueleto, un espectro horrible que le tendía los brazos descarnados, adelantando hacia su cara la misma calavera de la noche pasada con su mirar vago, fascinador; con su desdentada boca, que reconoció aterrado, y en la cual descubría entonces una espantosa sonrisa de satisfacción. Medio desfallecido pudo oír lo que aquella boca le relató con estas tremendas palabras: Yo en vida fui un indigno sacerdote. Por mis pecados me fué negada la salvación de mi alma; s ó l o los sufragios que por ella hicieran mis deudos podían p u r i f i c a r l a pero mis parientes fueron sucesivamente desapareciendo sin cumplir tan piadosa devoción. Sólo una misa faltaba para que mi espíritu pudiera ascender á la bienaventuranza. En vano he intentado h a s t a hoy celebrarla por mí mismo. ¡Nunca ha sido válida! Necesitaba quien me ayudase; sin sus reíspviestas, la misa era incompleta. Todas las noches he oficiado en este altar con el mayor fervor. ¡Todas las noches volvíame á mi huesa desconsolado, sin lograr mi propósito! Elamé á tu cabecera en demanda de ayuda; ¡no podías comprenderme! Al fin, las campanas te han atraído. El Señor ha oído mis súplicas; ¡que El te pague el bien que me has hecho! No dijo más el espantoso cura, y estrechando al infeliz entre sus descarnados brazos, lo atrajo hacia su boca para darle un beso, que heló hasta la médula del pobre sacristán. Al siguiente día contemplaban las gentes, pasmadas de horror y asombro, el cuerpo del desdichado, oprimido entre dos brazos de esqueleto, y á su lado un montón de huesos rotos que brillaban siniestramente á la claridad del alba. LEMA: S A E D Ü B A D I B U J O S DE A L B E K T I (N Ú M E R O 1 2 DE N U E S T R O CONCURSO DE C U E N T O S F A N T Á S T I C O S)