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pertar fué el toque de las campanas que doblaban á muerto, cosa fuera de concierto á tales horas de la madrugada, no siendo, cotno no era, la noche de Animas sino una muy clara y serena del mes de Enero, y su asombro subía de punto al considerar que él era el único campanero, y que la iglesia la había cerrado después del toque de oraciones. No era, no, ilusión de sus sentido Las campanas doblaban lentamente ce su lamento tristísimo; bien conocía i timbre de cada una; primero la grand luego las pequeñas, después la rota, ce i su cascado sonido de teja. Alguien h ¡bía en la iglesia; eso no cabía duda. ¿Sería alguno que se quedó encerrado y avisaba tocando las campanas para que le abrieran? -Extraño modo de llamar- -i discurría. -No puede ser eso. En fin, será preciso ver lo que sucede. Encendió luz, y sus primeras miradas fueron para las llaves de la iglesia, que colgaban de un clavo. Después volvió los ojos hacia su mujer, que lo contemplaba silenciosa y lívida. j También él palideció al asal tarle de repente el recuerdo de la calavera; sin embargo, sacó fuerzas de flaqueza, y á pesar j d e la oposición de la sacristaf na, que entonces no bromeaba 3 colgada de su cuello quería detenerle, encendió una linter na, cogió su capa, y con el manojo de llaves se a v e n t u r ó cuesta arriba en derechura de la iglesia. La noche era solemne, silenciosa; sin ladridos, sin el alerta de los gallos; nada se oía. Solamente las campanadas tenues ó vibrantes, con su sonsoneo medroso, seguían doblando. Todo estaba teñido por la luna de una claridad cadavérica, y hasta el mismo astro solitario allá en lo alto, en medio de tanta í w anchura, parecía un bajel muerto, abandonado en un mar sin olas ni riberas. Subía el sacristán por la cuesta desampa, rada escondiendo su farol, inútil entonces. En las rinconadas dormían las sombras, marcando sobre el empedrado un zig- zag caprichoso con sus bordes, que ya avanzaban al medio de la calle, ya se recogían bajo los aleros. Por arriba asomaba la torre, mirándole con sus ojos tenebrosos como los de la calavera, donde parpadeaban las campanas con reflejos azulados, volteando sin que mano alguna al parecer las impulsara. A cada tañido, el sacristán se estremecía y andaba, andaba atraído por aquellos ojos hasta llegar al pórtico, donde se escondió de sus miradas fascinadoras. Paróse titubeando delante de la puerta. Tentado estuvo de echar á correr camino de su casa, pero algo misterioso le impelía hacia la iglesia, porque como un autómata metió la llave, abrió y, santiguándose, penetró por aquella boca obscura como sorbido por un hálito de tumba. Bajo aquellas bóvedas resonaban más lúgubres las campanadas, y entre tañido y tañido era el silencio imponente, aterrador. Paso á paso se deslizaba nuestro hombre metiendo el farol en los rincones d e las capillas. Los santos, desde sus hornacinas, le contemplaban hoscos al ver turbado su reposo en esas altas horas de la noche exclusivamente suyas, y razón tenían, porque el bueno del sacristán se encomendaba á todos ellos mientras avanzaba despacio y cauteloso. -i i No había dado muchos pasos cuando, de repente, quedó como petrificado; el farol se le cayo de las manos; erizósele el cabello, y un violento temblor le corrió por todo el cuerpo. Había oído un lamento prolongado, estridente, sobrenatural; un quejido lleno de inmensa angustia, que pareció sonar dentro d e la sacristía. Después le siguieron otros más cercanos, y el infeliz corrió á refugiarse en el confesonario más próximo. Desde su escondite vio con asombro, á la oscilante claridad de una lámpara que pendía ante el altar mai or, salir con pasos tácitos la figura de un sacerdote revestido con los orna-