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ill MCrónka 6 mficall m 9 ííiSl ÍÜn ü EFEE. IDOS ya con todo pormenor y ampliamente comentados por la prensa diaria todos los inci dentes del viaje emprendido por S. M. el Rey á las principales ciudades de Cataluña, sólo llegamos nosotros á tiempo para recoger las notas fotográficas que nos ha enviado Asenjo, nuestro redactor corresponsal. Por ellas, mejor que por ningún relato, se viene en conocimiento del extraordinario interés que en todas las ciudades y pueblos catalanes ha despertado la presencia del Monarca, y se comprueba cuánto había de hiperbólica leyenda en la supuesta y pregonada odiosidad de los buenos y honrados hijos de Cataluña contra el poder central, puesto que el Rey, es decir, la representación concreta del Estado español, en unas partes ha sido recibido con caluroso entusiasmo; en otras con grave adhesión; en las que menos con grave cortesanía, y en todas con profundo respeto. Por cima de todas las parciales opiniones ha resaltado el amor á la patria grande, no entibiado en la mayoría de los catalanes por la adoración á la patria chica. La nota de más vibrante entusiasmo y la más simpática y enternecedora, la han dado las mujeres. Se ha demostrado que las damas catalanas son muy españolas, y esto es un gran consuelo, pues las convicciones que triunfan no son jamás las que el hombre sostiene en la calle ó en reunión con otros hombres, sino las que es capaz de sostener en su casa, buscando y hallando la mirada ó la voz aprobatoria de la mujer. En Cuba, las mujeres eran más filibusteras que los hombres; por eso nos perdimos allí. Es una sencilla y probada ley de la Historia. ¡Ay de quien para propagar ideas cuenta sólo con las voces broncas y ásperas de los hombres y desprecia las suaves é insinuantes voces de las hembras! El Divino Maestro tuvo sólo doce apóstoles, pero contó con muchos miles de apóstolas. Sin ellas no hay ningún ismo que prospere. D o R eso causa tan gran tristeza el ver á esas pobres mujeres que en vida sembraron tantos afectos y á la muerte se encuentran solas y sin que se las tributen los honores que ellas hubieran esperado toda su vida, como ha ocurrido con la reina doña Isabel II. ¡Tristes y frías ceremonias las celebradas oficialmente con motivo de su fallecimiento j entierro! Nunca hubiera ella pensado que la nación donde reinó acogiese con tan poco calor el cadáver de su soberana. oLVAMOS los ojos á más agradables acontecimientos, y fijémonos en las fotografías relativas á las carreras ó regatas de lanchas automóviles tiltimamente celebradas en las aguas de Monaco. Eas lanchas automóviles son, al decir de los inteligentes, la más bella conquista del automovilismo. Entre ellas y las demás embarcaciones, hay la misma diferencia que entre el volar de la gaviota y el nadar de la tortuga. S. M. FL REY SALIENDO DK LA CATEDRAL UE TARRAGONA