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Ko así la snya, la frase mágica, profunda y eterna, cifra de sus tenaces meditaciones, palabra tan llena de Dios, que al decirla temblaban los labios y la sangre detenia su curso formando remansos en lo más hondo de las entrañas. Por alcanzar la dicha de pronunciarla, había sacrificado á la meditación y á la penitencia toda su vida. Noventa años sin amor y sin goce, perdido en la soledad del desierto, mirando á lo alto aun entre el fragor de las tempestades; siempre cerca de alcanzarla, siempre lejos de poseerla; devorado por la fiebre del espíritu, que nunca remite. Y el sabio, tembloroso, pero decidido, se aproximó á la colosal escultura. Arrastrándose, y con mortales fatigas, fué ascendiendo por su tronco. Al fin se abrazó á su cuello, j jadeante y como aterrado por la frase misma que iba á proferir, susurró religiosamente al oído de la esfinge la palabra ¡INMORTALIDAD! Y la esfinge siguió inmóvil contemplando con los ojos sin pupila los inmensos arenales del desierto. ¡Gloria! ¡Amor! ¡Inmortalidad! palabras que han llenado el corazón y la mente de los hombres desde que Dios arrojó la tierra á la cautividad sin límites del espacio. ¿Tan escaso es vuestro poder que no conmueve las pétreas entrañas de una esfinge de cuerpo de león y seno y cabeza de mujer? ¿Serán más falaces que proféticas las frases del escultor? ¿Intenta V ría burlarse, al proferirlas, de la credulidad humana? ¿Fueron aquéllas un sangriento sarcasmo de nuestros sueños... ¿No habrá en el lenguaje humano una tí palabra capaz de conmover á las piedras? Una caravana de árabes llegó cierto día á las inmediaciones de la esfinge. Formábanla cuatro ó cinco familias humildes, que huían del yugo de la es clavitud á que había sido condenado su pueblo por un audaz conquistador. fj Los infelices fugitivos no poseían más que unas cuantas desmedradas bestias y unos miserables carros. La existencia i. de todas aquellas gentes pendía de la ií mano de Dios. El jefe de la caravana, un anciano de venerable aspecto, hizo detener los carros á la sombra de la esfinge, y aprestirada y alegremente fueron saltando de aquéllos mujeres j- niños. El sol calcinaba la tierra; la grata sombra de la escultura les amparó como una bendición. Distribuyéronse la frugal comida, y poco después, hombres, mujeres y niños dormían plácidamente, esperando á las brisas de la tarde para continuar su camino. ...ui no habían descansado una hora, cuando el jefe de la caravana alzó la venerable cabeza, contc! i; i i el ciclo, y mx grito de terror se escapó de su garganta. V- Negro y gigante nubarrón avanzaba por el espacio, y en la inmensidad del desierto alzábanse á cada instante grandes remolinos de arena. La orden de partir fué pronunciada inmediatamente, y los hombres aparejaron los carros entre los gritos de terror de mujeres y de niños. Ya el huracán estremecía el desierto. Huyeron con el espanto en el semblante y la tempestad azotándoles las espaldas, y cuando ya habían caminado largo espacio en su loca y atropellada huida, un pobre niño de ocho ó diez años, á quien el terror de los suyos había olvidado en su plácido sueño, despertóse de pronto y hallóse solo y abandonado al pie de la esfinge. Lágrimas de miedo se a tropellaron en sus ojos, y el infeliz recorrió en vano los linderos de la escultura en busca de los suyos. Trepó por ella apresuradamente para explorar con sus ojos los vecinos términos en demanda de la caravana, y alcanzó á fijar sus pies en el mismo seno de la esfinge. Entonces divisó allá á lo lejos el vago contorno de la caravana que huía, y presa su débil corazón de la locura del terror, el pobre niño gritó con desgarrado acento la palabra v ¡MADRE! Súbito estremecimiento conmovió las entrañas de la esfinge. Doblóse dulcemente la cabeza femenina como para contemplar al niño, y en el seno de la escultura algo latió con espasmo de vida. La palabra mágica había sido al fin pronunciada, no por un rey, por un poeta ó por un sabio, sino por un pobre niño abandonado. Tronco de león, cabeza y seno de mujer... la palabra de la esfinge era la palabra ¡Madre! JOSÉ DE D I B U J O S D E MÉNDEZ B R I N C A ROÜRE