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humana, y detrás de los carros las inmensas falanges de prisioneros procedentes de todos los pueblos sojuzgados, que eran todos los pueblos conocidos. Tendió después su brillante ejército como custodio de tanta riqueza y freno de tantas vidas esclavas, y, seguido por sus generales, se adelantó hacia la esfinge. Lentamente comenzó á subir por las escalas de seda que sus capitanes adosaron al tronco de la escultura, y próximo ya á la cabeza femenina del monstruo, dirigió una mirada triunfal al fruto de sus victorias y á las líneas de su ejército vencedor, y con acento vibrante y enérgico pronunció la palabra ¡GLORIA! La esfinge continuó inmóvil, contemplando con sus ojos sin pupila las lejanas lindes del desieilo. Un estremecimiento de ira agitó el cuerpo del rey é hizo relampaguear su armadura de oro. ¿No era aquélla la. palabra de la esfinge? ¿Hay frase más hermosa en el lenguaje humano? ¿Puede otra alguna conmover las entrañas de piedra del monstruo de cuerpo de león y cabeza de mujer? Vencido por vez primera descendió el rey de la escultura, y una profunda tristeza se extendió por su rostro. ¿De qué le aprovechaba haber vencido cien reyes y sujetado á su yugo cien pueblos, si la palabra gloria única que á él le hacía estremecer, dejaba inmóvil é indiferente á la colosal esfinge? Huyendo de su derrota mandó el rey levantar las tiendas, y vio con tristeza desfilar todo el aparato de su poder, todo el testimonio de su gloria. Poco después, seguido de sus generales, abandonó también el campo de su vencimiento, y al alejarse llevaba lágrimas en los ojos. Llanto de dolor ó llanto de ira, aquéllas fueron las primeras lágrimas que conocieron sus párpados. Y cuando desapareció en el horizonte el último resto de la pompa de aquel rey vencedor de reyes, la esfinge prosiguió inmóvil contemplando los inmensos arenales del desierto. Corrieron de nuevo los siglos, y un día de primavera llegó cerca de la esfinge un hermoso mancebo con la cabeza coronada de flores. Venía de las frondosas márgenes del Nilo, é iba en pereo- rinación por la tierra, sin más deseo que el de amar y ser amado. Componía dulces canciones, deliciosos versos, que repetían todas las voces juveniles de cuantos amantes s e detenían á escucharle. Como si en su boca anidara un ruiseñor, los acentos que de ella salían eran los más dulces de oir y los más gratos al corazón, y á su misterioso influjo estremecíanse las muchachas, sintiendo en torno suyo como el aleteo de una divinidad. Detúvose el poeta frente á la esfinge, y resonaron en su memoria las proféticas frases del escultor: ¡Sólo una palabra podrá conmoverla! Largo tiempo permaneció mirando la escultura con la mente llena de ensueños y el ritmo del corazón apresurado. Trepó al fin sobre el plinto, y poco á poco fué ganando las alturas del tronco del león. emparejada ya su cabeza, coronada de flores, con la cabeza femenina de la escultura, aproximó su boca al oído de la esfinge, y murmuró dulcemente la palabra ¡AMOR! La esfinge siguió inmóvil contemplando los inmensos arenales del desierto. Un velo de tristeza cubrió su juvenil y ardoroso rostro. La palabra augusta que rimaba en todas sus canciones y estremecía el pecho de los mancebos y las adolescentes que la escuchaban, no era la palabra de la esfinge. En sus entrañas de piedra no se había producido al oiría la menor conmoción. Descendió el poeta de la colosal escultura, deshojando su corona de flores; y sin acompañar su paso, como solía, con el alegre y dulce son de sus cantares, se fué alejando, alejando, no sin volver á cada instante la cabeza para contemplai, ora triste y ora airado, al monstruo de durísimas entrañas que oía inconmovible la palabra amor única palabra que hace grata la vida y añade luz al cielo. Y cuando su hermoso y juvenil cuerpo se difuminó en la lontananza, la esfinge continuó inmóvil contemplando el desic Del desierto salió el sabio, tras largos años de ción y penitencia, para vencer á la esfinge pronunciando á su oído la palabra mágica. Un áspero sayal cubría su cuerpo casi esquelético y resecado por la fiebre del alma. ¿Qué valía la gloria, sueño de su sueño? ¿qué valía el amor, dulzura de un Instan. ¡Palabras, ai bas, apenas proferidas ya olvidadas!