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r- ba esfinge OMO monumento de su grandeza, para perdurable recuerdo de su memoria ó en devoción a l a divi nidad, el poderoso Faraón mandó construir una esfinge. I os más hábiles operarios de Egipto trabajaron en ella; miles de esclavos acarrearon sus materiales, y lentamente fué destacando la colosal escultura sus líneas severas y hermosas. Pusiéronle, en cuerpo de león, seno y rostro de mujer; y mientras el tronco de león descansaba, con sus poderosas garras extendidas, sobre el plinto, la gallarda cabeza femenina alzábase soberbia, contemplando con sus ojos sin pupila los inmensos arenales del desierto. Años y años corrieron antes que el escultor á quien el Faraón encomendara la construcción de la esfinge diese por terminados sus trabajos. Al fin, golpeó nerviosamente con su cincel por vez postrera el seno femenino de la esfinge, y al apartarse de la escultura murmuró, tras largos instantes de meditación: ¡Sólo una palabra podrá conmoverla! Alejáronse esclavos y operarios; marchó tras ellos el escultor, y al par que el sol hundía su resplandeciente disco en las lejanías de Occidente, la soledad iba cayendo á plomo en torno de la esfinge, cuya severa y majestuosa cabeza contemplaba con sus ojos sin pupila, como en una eterna interrogación, los inmensos arenales del desierto. Los Faraones se sucedieron sobre el trono de Egipto, y pasaron los siglos sobre los hombres como pasan las ráfagas huracanadas sobre la planicie del desierto, llevándose en su vuelo remolinos de arena. Ea esfinge, inmóvil, vio pasar los siglos y los huracanes, y prosiguió contemplando con sus ojos sin pupila la inmensa esterilidad de la desierta llanada. Un día, el hondo silencio que reinaba en torno de la esfinge fué turbado como por rumor de tempestad vecina, y sin embargo, un sol abrasador lucía en un cielo intensamente azul sin la más leve mancha de una nube. El fragpr de la tempestad fué acercándose, y aparecieron en el horizonte masas obscuras que avanzaban lentamente sobre el haz de la tierra, y que algunas veces, heridas por los rayos del sol, relampagueaban con deslumbrador y fugitivo brillo. Después, 5 ya más próximas, surgieron en ellas fugaces tonos purpúreos, y el relampagueo se hizo cada vez más intenso y más constante, al par que el sordo ruido como de tempestad iba rompiendo en m. il y mil agudos sones de toques de clarines y gritos humanos. Estalló al fin en la muchedumbre que avanzaba, cubriendo toda la extensión de la tierra, una orgía de colores y un chisporroteo de reveiberaciones luminosas, y el gran ejército del poderoso rey, vencedor de cien reyes, se desbordó ante la esfinge, estremeciendo el aire con sus mil rumores de canciones guerreras, de crujidos de carros, de tintineo de armas, de imprecaciones y de lamentos humanos. El rey mandó que el ejército se detuviera y acampara, y la tienda real se alzó al pie mism. o de la esfinge. Tornaba vencedor de cuantos re es uabia encontrado sobre la tierra, y sus carros estaban atestados de alhajas, arrebatadas en palacios y templos. Seguíale un escuadrón de príncipes sometidos, y los esclavos de los diferentes pueblos sujetos á su yugo formaban inmensos rebaños. Sus generales eran más poderosos que los reyes, y él igualaba á los dioses. Había conocido todos los placeres y contemplado todos los dolores. La voz de los hombres no tenía para sus oídos más entonación que la súplica. Ee proclamaban dios en todas las lenguas, y se postraban ante él todos los cuerpos. Eas alabanzas de su poder formaban estruendo en el aire. El rey, á la puerta de la tienda, contempló la inmóvil esfinge y pasó por su espíritu el recuerdo de las frases del escultor, sostenidas de generación en generación en la memoria de los hombres: ¡Sólo una palabra podrá conmoverla! Resplandeció, como siempre solía, en sus ojos la luz de la victoria, é hizo que se adelantaran humildemente los príncipes vencidos y apresados. Detrás de ellos mandó colocar los carros colmados del botín más precioso que pudo soñar la codicia