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SENSACIONES DE UN SEÑOR VULGAR I A brisa helada, las nieblas, la llovizna incesante me hacen huir de las calles inhóspitas. Al volveí á casa, donde me esperan la paz y la roja alegría del buen fuego, paso junto á los árboles desnudos, escuetos, que se alzan al cielo gris, como en una imploración sin esperanza. Este día de cielo plomizo y de frío intenso me hace pensar en aquellos cuadros de Van Ostade, en los que unas cuantas gentes de buen humor patinan, raudas, sobre un estanque helado y blanco. También recuerdo la vida de la bienaventuradaXidwina de Schiedam, contada por Huysmans. Estando Lidwina en un día de invierno patinando, como las buenas gentes de Van Ostade, cayó con tan mala fortuna, que se fracturó una pierna en la caída, y entonces comienza la pasión ¿olorosa de la santa mujer y su intenso vivir espiritual con las mágicas, taumatúrgicas visiones paradisiacas, con las terroríficas visiones infernales. Ya en mi habitación, me acogen, familiares, los objetos amigos: los buenos libros, los retratos de los autores admirados, los viejos grabados con sus largas leyendas románticas y sentimentales. En la chimenea arden los recios troncos de encina con llamas rojas, que ascienden en espirales rápidas. Y es grato contemplar el fuego, que trae remembranzas de los viejos hogares en que se congregaban las familias mientras la abuela tejía la trama de una media con las agujas sutiles y largas, en las que el resplandor de las llamas ponía destellos fúlgidos. Chisporrotean los troncos, á veces con detonaciones súbitas; retuércense, reptan las llamas, y si el buen señor de Astarac entrase por la puerta, juraría haber visto en las llamas de mi chimenea las vagas formas de una salamandra ó de una ondina, según los bellos nombres que Paracelso- ¡oh, su buen discípulo Wagner, el divertido sirviente del doctor Fausto! -dio á esos espíritus elementales que flotan en el aire, que se retuercen en las llamas del hogar, y que giran constantes en torno nuestro. Y aquí, entre los buenos libros amados, de los que se diría que se desprenden tenues efluvios espirituales, evócanse las cosas pasadas; y es dulce hojear el breve cuaderno en que se han anotado sensaciones, proyectos, deseos. Las cosas desaparecidas reviven en el ambiente tibio de esta habitación, y el porvenir incierto, cuyos umbrales es doloroso atravesar, se cree lleno de promesas gratas, de supremas venturas, tranquilas, apacibles, de una vida sin inquietudes pasada en una habitación como ésta, con libros, con estampas llenas de evocaciones, y un gran fuego, rojo y alegre, de llamear ondulante, y cuyo resplandor reflejara su luz bermeja en los grandes ojos, dulces, plácidos de una mujer. D I B U J O D E J. I IIANCÉS BERNARDO G DE CANDAMO