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S. M. la Reina Doña Isabel 13 1 a Reina Isabel II ha fallecido. Obligados (por la forzosa lentitud en la composición de BI, ANCO T NEGRO) á no hacer en este número más que consignar esta triste efemérides, no tenemos calma ni tampoco autoridad para formular en esta página algo que no sea el apunte biográfico arrancado de las páginas de cualquier Enciclopedia, ni el juicio hecho y á la verdad poco imparcial que suelen consignar los historiadores de partido. Apuntemos tan sólo una sencilla reflexión. La Reina Isabel II ha muerto en paz, porque mucho antes de su muerte se habían apagado todos los odios y las encontradas pasiones que envolvieron y velaron, como las densas humaredas de la pólvora antigua, los hechos principales de su reinado. ¡Cuántos hombres de todas castas y condiciones murieron, sin culpa de Isabel II, pero tomando cu nombre como bandera propia ó como bandera enemiga, y ni en vida ni en muerte pensaron, ciegos por la torpeza y la pasión, que la Reina era ajena á todo lo que á ellos les arrastraba, y en día lejano había de morir también ella sin que su muerte prodvijese otro sentimiento sino el de una dulce y benévola compasión! JlItLcha historia se puede aprender en las vidas de los monarcas: más filosofía en sus muertes. ¿Quién había de pensar que se extinguiera en el silencio y en el retiro, sin concitar ninguna aversión, quien tan vehementes luchas originó en los años de su reinado? A una Reina que era tan reina como Isabel II, cien veces se le habrá presentado el tremendo problema que al principe Segismundo preocupaba. ¿Fueron sueño estos treinta y cinco años últimos? ¿Fueron vida los treinta y nueve anteriores? No nos dice el poeta cómo ni de qué murió el Hamlet español, el héroe de Za vida es sueño. De fijo no murió tan tranquilo y sosegado como Isabel II. Pero es indudable que si á la noble señora le hubieran dado á elegir, no hubiese elegido la tranquilidad y el sosiego, aunque esto fuera vida, y sueño lo otro. En la flor de la existencia, cuando la voluntad tiene vigor y la inteligencia brillo, no hubiera pensado nunca que su último viaje fuera volver de París al panteón de El Escorial.