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luciente baroada y las chapas y hebillas de los flamantes arneses. Compadecido el auriga de su pareja de esclavitud, s a c u d í a l e blandamente con las riendas la nieve que se le cuajaba en los lomos, dirigiéndole por lo bajo pullas joviales ó crudas imprecaciones, viriles desahogos de compañero de cadena. Entretanto, a r r i b a seguía engullendo y trincando Su Excelencia, y en el silencio de la noche, honda y glacial, s o b r e la acolchada blandura de la nieve, percibióse con claridad el cliqueteo de platos y copas, el t a p o n a z o del chamfagne y a l g u n a que otra e x c l a m a c i ó n ó carcajada sonora de l o s prohombres que peroraban en el entresuelo de un pabelloncito muy cercano á la ijaile. Dos frases, sobre to (tintas á los oídos del a Sacrificios crueles... y j en el estómago y en la nié liz morderle el ansia de aquellos sacrifieios a que se entregaba su amo, ¡Recuerno, Milord! -bufó más recio de lo que la prudencia pedía, ¡i u y yo vSi que nos sacrificamos aquí á obscuras por la pastelera patria que á esos les llena la andor ga! III i seguían adentro escanciando, fumando, haciendo patria, y afuera seguía nevando, nevando sin tregua, y el viento del Guadarrama arremolinaba los copos, que agitándose en loca danza por el espacio caían y caían de golpe, sesgos, con furia, á mantas, á. capas y capas que se amontonaban blandamente por suelos, árboles, bancos y faroles, por techumbres, balcones y cornisas, por todo resalto ó voladizo, contorneando la pobre arquitectura de aquellos hotelitos mal traducidos del francés. Con el intenso frío de la madrugada comenzaba á helarse la nieve, cuajándose en sutiles cristalillos que se pegaban al levitón del cochero, á su esclavina de pieles empapada por la nieve derretida al calor de su cuerpo, á sus luengas patillas rubias 5 á su rasurado labio, donde se cuajaba en polvo cristalífero el vaho intermitente de su respiración fatigosa. ¡Recontra y qué condena ventisca, y qué pinturera nieve ésta! -pensó el cochero, más que pronunciado, en su desesperado aguardar. ¡Y los de adentro componiendo la patria con saliva, mientras á uno se le cuaja aquí la sangre! Pero tales imprecaciones no salían ya á sus labios ateridos; soltábalas el hombre en sus adentros, sintiendo los párpados tumefactos cerrarse pesadamente sobre sus apagados ojos; y allá en lo profundo de su ser, veía Francisco en el desván de la cochera en que vivía con su madre, á su ñaca viejecita de cabellos de plata, rezar inquieta y asustada por el ausente, revolviendo el rescoldo apagadizo en que vaheaba débilmente el pucherillo con la cena de los dos... Lástima del propio suplicio, impaciencia y compasión por el de su vieja, protesta contra la dura esclavitud; todo esto, sumado en un impulso hondo, bravio, de angustia y de rebelión supremas, levantó el pecho del cochero como ola impetuosa que sube y se hincha pronta á estallar, pero c ue no estalla, y oprime, y ahoga, y asfixia... Luego, una quietud mansa, creciente, invadió sus miembros, adormeciéndolos en sopor blando y como untuoso y suavísimo. Con los ojos cerrados y la respiración anhelosa, Francisco se sentía envuelto en opresor abrazo frío, glacial, interminable... Sintióse embargado por un marasmo invencible, que él vagamente definía como una borrachera de nieve; y mareado, ofuscado, ebrio de veras, se sintió caer, caer sin tregua, como si él mismo fuese un copo de los que le envolvían en una negrura honda, honda, sin fondo IV- ¡Francisco, Francisco! ¿Te has dormido, hombre? -gritábale el ministro cuando ya, al despuntar el tardo amanecer decembrino, salía caliente y armado de soluciones salvadoras del confortante gabinete del conde. Y viendo que el automedonte, hecho un terrón en el pescante, no se movía ni contestaba, ¡Animal! ¿estás borracho? -tronó Su Excelencia oprimiendo el brazo del cochero, que con las riendas tensas entre los dedos crispados manteníase agarrotado, los pies contra la delantera del pescante, la espalda contra el techo de la berlina. Al tocar el brazo rígido del pobre mozo y al ver su cara blanca, marmórea, escultural, y en sus ojos, trágicamente abiertos, cuajado el espanto de la mirada extrema, el jefe del Gobierno retrocedió vacilante, horrorizado, con odio y desprecio de sí mismo. D I B U J O S DE E S T E V A N BLAXCA D E LOS R Í O S D E LAMPEREZ