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POH L A PATRIA D p s A en los albores de la Restauración- ¡ya ha llovido! -Fué una tarde de zalagarda magna en el Congreso, de tempestad tan recia, que pareció conmover cimientos de palacios. El Gobierno se bamboleaba y el presidente del Consejo- -no evoquéis ninguna de las archiconocidas siluetas de los imperantes de entonces: imaginad un ministro vaciado en la turquesa en que lo fueron los más, enano para el puesto, azorado por su pequenez y como asfixiado al exterior de su desbordante individualidad, -el presidente, así como era, salió del Congreso, nervioso, aterrado, febril; saltó á su berlina particular- -en días de alborotos el lando presidencial rompíase puntualmente, -y á Palacio; á escape En Palacio, conferencia embarazosa, posición difícil, humildad digna, lealtad inquebrantable a p r u e ba de continuidad en el Poder, pordioseo altanero, sacrificio incondicional... ¡Todo por la patria! Un tanto alicaído y orejigacho salió del alcázar Su Excelencia; pero repuesto incontinenti, hizo pesar su majestad sobre Francisco, su leal cochero: ¡A casa del duque, sin rodear, volando! Y en casa del duque- -exministro de oposición- -conferencia, es decir, agarrada gorda, que duró hasta muy dadas las doce de la noche; de una noche crudísima de Diciembre, en que el cielo era de plomo, el viento del de Guadarrama insuflador de pulmonías, la temperatura muy bajo cero, con tendencias á la templanza precursora de las nevadas grandes. De casa del duque salió Su Excelencia furioso, vibrante, con el estómago exhausto y la cabeza echando bombas: ¡A la Castellana, ya sabes, y á la carrera, Francisco! -chilló el presidente, y la berlina arrancó desempedrando. II Al hotel de su propiedad, que en la Castellana habitaba cierto conocidísimo procer, llegó el ministro exánime, descoyuntado, para en sábanas de aguardiente, que decían nuestros abuelos. ¡Soberbia jornada, Perico; una delacle para el Gobierno, para el partido entero! ¡Pero yo no cejo tan pronto! Quedan recursos, soluciones... Mira, dame algo que comer y que beber: ¡estoy muerto! Desde que almorcé, á las once y de prisa, no pruebo bocado y... ¡va á dar la una! (mirando al reloj de la chimenea condal) Perico, el procer dueño del hotel, llamó á escape á sus criados, y allí, junto a l a chimenea abarrotada de leña, en improvisada mesita, sirvióse al ministro copiosa cena compuesta de fiambres- -por imposición de la hora y la premura, -regada con jerez y champagne de marcas super, y coronada con un resucitador ponche á la romana, obra maestra del cocinero del conde. Y mientras arriba crepitaban los troncos en ignición bordándose de filigranadas cenizas, empenachándose de Uamitas rojiazules, exhalando oleadas de calor vivificante; mientras hervía el champagne en las blasonadas copas de diáfana muselina, abajo en la Castellana desierta, alumbrada tétricamente por las lengüitas amarillentas del gas, que temblaban entre los empañados vidrios de los faroles irradiando en el glacial ambiente nebulosos halos opalinos, todo era frío y desoladora quietud. Del lado del Hipódromo soplaba un huracán de hielo que hacía silbar y crujir las secas ramas de los árboles, y voltigeando en las espirales ciclónicas comenzaban á bajar copos y copos de nieve que rápidamente ensabanaban el suelo y perfilaban en blanco verjas, árboles y cornisas. Francisco, el cochero de Su Excelencia, que tampoco probó bocado en todo el día, bostezaba de hambre, temblaba de frío en lo alto de su pescante, y, puesto de pie en él, pateaba en las tablas con inquietud y se frotaba violentamente las manos, á fin de entrar en calor á fuerza de movimiento. Milord, el caballo, su pobre compañero de frío y de ayuno, movíase también inquieto y levantisco; por su pelambre lustrosa corrían largos, estremecimientos; irritábale el golpeteo furioso de los glaciales copos, y encrespaba las crines y agitana la cola, sacudiéndose relinchador, trepidante, haciendo tintinear la re-