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de antaño. I os campos y los montes, domeñados á fuerza de trabajo, cubrieron el mundo entero de- masas de verdor, y el globo de esmeralda rodó por el espacio, albergando una humanidad feliz que veíai pasar los días como minutos y los años como horas. Sólo un sentimiento penoso pesaba alguna vez: sobre los hombres. Conservaban tradición de que tras un muro, en un sitio salvaje, reposaba su enemigo. Nadie se atrevió á penetrar en aquel recinto, y sus alrededores permanecían incultivados y desiertos. Mas sin arredrarse por este temor, una tarde se encaminó hacia el terrible lugar un hombre y aviejo; que era sabio y poeta á la vez, circunstancias muy comunes entonces. En aquella nueva vida, los sabios y los poetas se consideraban precisos al bien público, y así se les dejaba salir y entrar con toda libertad, sin recluirlos en las pajareras que se llamaron academias, ni detener su vuelo con la cadena de pensiones, sueldos y dietas. El mundo entero les pertenecía, j ellos pertenecían á todo el mundo, que gozaba de sus cantos y discreteos, como de la luz, el aire y otros bienes naturales. Pues bien, aquel poeta viejo quería resolver antes de morir una duda: quería conocer el enemigo de la humanidad para alejar de ella el último vestigio del miedo, ya casi de. aonocido. A impulsos de su alma generosa, aruzó el terreno árido donde se habían refugiado todas las plantas dañinas, pareciendo defender con SU. S pinchos y sus púas el muro tras el que reposaba el terrible enemigo. si l i J- i Sin hacer caso del aviso de la lápida, el viejo bu. scó algún sitio por donde atacar la pared. Una piedra se tambaleaba; hincó en su juntura el pico de hierro de que se había prevenido y haciendo caer el sillar, penetró por el hueco. Ya dentro, vio una pequeña eminencia; cavó en ella. A poco el hierro tropezó con algo duro; el poeta ensanchó el agujero, y después de tantos siglos salió á la luz la caja donde descansaba la Desiruciorüa. Abiertos los distintos cofres, cayó del último un papel que decía: Esta es la Destructorita, muerte del nmndo. Mortal que la encuentres, si quieres que la humanidad viva feliz, calla cuanto veas. Al leer tales palabras, el sabio poeta se quedó abstraído y meditabundo. La memoria trajo á su cerebro ideas lejanas, recuerdos de cuentos de su infancia, narraciones del invento prodigioso de un hombre que creó una materia capaz de aniquilar el mundo. Mientras el viejo recordaba esto, sus manos irreflexivas y enjutas se habían hundido en el polvo brillante y lo manejaban inconscientemente. Un esfuerzo mnemotécnico le hizo llevarse un dedo á la boca, donde se hundió, lleno de blancas partículas, y en el momento mismo que el cerebro del poeta sabio recordaba aquel invento remoto, notó su lengua un sabor dulcísimo que se desprendía de la falange chupada. Juntáronse ambas sensaciones, y el viejo se echó á reir, comprendiendo entonces que el tremendo y mortal explosivo sólo era azúcar en polvo. Escuchando el consejo postumo de Teofilus, el poeta sabio volvió á enterrar todo en la forma que lo hallara, tapio de nuevo la entrada, selló su boca y murió á poco sin revelar su secreto. Y la humanidad, que continuó ignorándolo, vivió feliz, gracias á una mentira. LEMA: P U M D I B U J O S D E ME. VDEZ B R I N G A ÍNÚMERO 1 1 DE N U E S T R O CONCURSO D E C U E N T O S I- ANTÁSTrCOS)