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b? clesfpuctorita se hizo pública la inveniel sabio Teofilus, el munse estreaieció de pasmo or. Los anteriores descus del inventor respondían cidad de la noticia. Entre ravillas, las gentes recor; g u e r r e r o s automáticos dos por un resorte inrommovían hasta llegar á las enemigas, donde explotatriquitraques; las grana, así llamadas porque en azar en el aire su curva se hundían en la tierra y 1 bajo ella su trayectoria, gir á la hiz y estallar en za sitiada ó en medio del ontrario. ¿Y los torpedos el cañón omnium que on su cureña la tienda del a cantina y un salón de os inventos y mil más hacían de Teofilus una especie de Marte moderno y daba. n á sus palabras fuerza considerable. Así, cuando el sabio a n u n c i ó que había descubierto un terrible explosivo, los periodistas acudieron á su l a b o r a t o r i o para poder dar á sus lectores detalles de la invención. Estos detalles f u e r o n los que hundieron al mundo e n t e r o en la mayor tristeza. Teofilus participó á los periodistas que, efectivamente, h a b í a compuesto una m a t e r i a de inmensa fuerza dispersad ora. Segiin los cálculos del inventor, una onza de tan terrible siibstancia, á la cjue había bautizado con el significativo nombre de DesLmctoritíi, bastaba para hacer saltar el globo terráqueo entero y verdadero. L, as sacudidas de la nitroglicerina, de la dinamita, de la pólvora, eran suaves caricias junto al poder de la Destructorita. Ya no se trataba de volar casas, ciudades, montañas; el mundo todo con sus mares y sus cordilleras se esparciría volatilizado en el espacio, si Teofilus hacía estallar la susodicha onza, y ¡oh terror! el sabio poseía en su laboratorio como libra y media del explosivo; lo suficiente para destruir todo ó casi todo el sistema solar. Al saberse tan terrible noticia, la consternación fué general. El movimiento comercial, los negocios, las transacciones se paralizaron. ¿Para qué trabajar, se dijeron los hombres, si el día menos pensado salta la tierra hecha trizas, convertida en un polvo impalpable, donde no se reconocerán pobres ni ricos? Y el tráfico murió. Cabc, ceando sobre sus anclas durmieron los buques ante los muelles desiertos; los trenes quedaron abandonados en las estaciones, y sobre las cintas pulidas de los rieles comenzaron los musgos á tejer su terciopelo. Los humanos vivían en una ansiedad constante esperando el estampido final, las personas enfermas del corazón y de los nervios morían á centenares, y aquel trastorno hizo pensar á muchos que Teofilus era el Antecristo de las Escrituras. Pero como sólo la muerte extingue la esperanza de los hombres, pasado el primer susto se serenaron los ánimos y se pensó que la sapiencia de Teofilus poseería algún antídoto que remediase el mal, y para averiguar esto nombróse una comisión de prohombres, encargándola conferenciara con el inventor. Los elegidos hallaron á Teofilus en el laboratorio. Frente al sillón donde el sabio descausaba había una mesa, en la cual, y reposando sobre un trozo de corcho, se veía un montón de blanco polvo brillante. E r a la Destructorita. Cuando los comisionados entraron y Teofilus les mostró el explosivo, el