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crecían en el huerto allí donde la suerte había querido que cayeran, en gentil y pintoresco desorden, alegrando y salpicando con sus pinceladas de colores el fondo verde. Junto á una poética celinda, de blancas y delicadas flores, como si fueran novia y novio que se dicen secretos, surgía un granado, cuyas flores semejaban manchas de sangre mora. Dos rosales plantados frente á frente, parecían empeñados en una competencia pueril; daba el uno rosas exuberantes y gallardas, de estas que se llaman de d libra, y el otro dábalas de pitiminí, recortaditas y primorosas. El de pitiminí, según estaba de cuajado, dijérase que le recordaba al compañei- o esta galante soledá, hecha en honor suyo: Cuando yo te quise á ti, se cuajaron los rosales de rosas pitiminí. Las rosas del de d libra crecían pon. iposas y huecas, sin aparentar el menor cuidado ante las arrogancias de sus diminutas rivales. Más allá, un rosal de te mostraba orgulloso sus señoriles flores, pálidas y de pocas hojas, predilectas de la mantilla negra. Al lado suyo asomaba el de virgen, de rosas blancas, sin perfume, pero sin espinas. Cerca de éstos, el aristocrático de las de musgo. No l e j o s tampoco, el plebeyo y c o p i o s o de l a s pijnpinelas. hacer de ti norma de la vida... Detenerse un instante nada más en las cosas bonitas... y levantar el vuelo. No era mal filósofo aquel que cantó: No quiero querer á nadie ni que me quieran á mi; quiero andar entre las flores, hoy aquí, mañana allí. Rocío, que nos tomó cariño en una hora, sólo porque nos vio encantados de aquella belleza, nos acompañó hasta la misma calle. Y un mozo que acertó á pasar por allí cuando nos despedía satisfecha y alegre, se la quedó mirando y le preguntó de buenas á primeras: ¿Me vende usté esa rosa que yeva en er moño? Y contestó ella sin turbarse: -No tiene presio esta rosa. En efecto; no tenía precio, porque seguramente estaba reservada para su novio. Pero el mocito remató el diálogo de esta manera: -La verdá, mi interés no era por la rosa. Era por vé si ar queré quitársela se enganchaba er rabiyo y se venía usté detrás, cara de gloria. Flores de la tierra, mujeres del cielo, coplas Tfí Aquí, lirios morados como l a s huellas que en el rostro dejan las penas; allí, azucenas de marfileña blancura, que sin duda no vio serenamente aquel que dijo: Vale más lo moreno de mi morena que toda la blancura de la azucena. A esta parte, las azules campanillas cantadas por B e c q u e r por entre todas, descollando soberbias y altivas, las espléndidas malvalocas, 3 estallando de rabia y r o j o s d e vergüenza por no alcanzarlas, los p r e s u n t u o s o s borlones... Adheridos á las tapias del huerto y sirviéndoles de rico tapiz, crecían, extendiéndose libremente, los jazmines; el jazmin real, que lo mancha la nieve, y el jazinin morisco, amarillo de envidia. La encantadora Rociíto nc. hablaba de todas ellas con ii genua inspiración, con gracioí i y persuasiva verbosidad. Pai v todas tuvieron sus labios ur f r a s e 3 su a l m a una caríci i Nuestros ojos saltaban de una en otras: de las cinerarias á las verbenas, de los alelíes al heliotropo, de las camelias y gardenias á las 1 1 de San José, del preferido rosal de olor al v aromo... Temible, porque en la. casa donde hay tos del aluno se quedan las muchachas solteras. rna arrancados por unas y por otras... ¿Se podrá ¡Delicioso mariposear de los ojos, quién pudiera titular este artículo Flores andaluzas... D I B U J O S DE M É N D E Z BRINCA S. Y J. ALVAREZ QUINTERO