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HISTORIETAS NATURALES LOS PENSAMIENTOS C A B É I S vosotros lo que son los pensamientos? Ya, ya veo que hasta el más pequeñin de todos va á contestarme que los pensamientos son unas flores chiquititas de terciopelo morado con. manclias amarillas y negras, ó amarillo con manchas negras y moradas; y también los hay de color de vino, y los hay que parecen el ala de un canario, y los hay que semejan un sombrero de señora... de una señora que tuviese la cabeza como un garbanzo. Habéis visto muchos pensamientos ¡en los jardines, y os habréis fijado en que están muy tiesecitos, muy ternes, sobre un tallo delgado, delgado como notas de música puestas en el pentagrama. Alguna de vosotras, soñando, soñando, habrá cavilado hacerse un vestido, ó por lo menos una falda, de tela de pensamientos. ¿Estaría bonita, eh? Mucho más que esas horribles haldetas de lana azul, tableadas, que parecen un acordeón, y que sirven de base á la blusa marinera con que salís á pasear. ¡Es triste que no se hagan telas tan finas y tan suaves y tan hermosas como la tela de que están formados los pétalos del pensamiento! Pues bien, hijitos, en d tmmdo hay más. Vosotros conocéis los pensamientos que habéis visto en los jardines, pero quizás no sepáis que hay pensamientos silvestres que nacen en el campo sin que nadie los siembre, á la buena de Dios, que es el jardinero más hábil y experimentado del mundo. Esos pensamientos silvestres, que nacen como otras tantas florecillas preciosas cuyos nombres ignoráis, no son tan pulidos y elegantes como los pensamientos de jardín 6 de maceta, pero son mucho más variados y también más pequeñitos. Los hay amarillos, de color de paja, de color de violeta, rosqueados de los má. s lindos matices; algunos parecen rositas de pitiminí, otros violetas obscuras, otros florecillas de correhuela. íío huelen á nada; pero tienen tanto jugo, que silos apretáis entre los dedos os dejarán las manos untadas con una grasilla pegajosa. Los niños tontos y muchos hombres y mujeres que parecen niños, prefieren los pensamientos de jardín á los pensamientos silvestres, lo cual es cortio preferir un traje ó un sombrero á la piel del cuerpo ó al pelo que cubre la cabeza. ¿Quién sabrá criar mejor los pensamientos, el jardinero, que cría los de las macetas, ó Dios, que cría los del campo? Los pensamientos de jardín nacen á fuerza de cuidados, de tiempo, de paciencia y de dinero; los silvestres nacen sin cuidado alguno, de balde, sólo con que Dios los atienda y los mire con sus dos ojos, que son el sol y la luna. Los pensamientos de jardín son mucho más grandes que los de campo: son como gigantes, y vosotros, aun cuando os guste alguna vez, por curiosidad, ver un gigante, preferís reuniros y tratar con personas de tamaño natural. Y ahora, yo, con esto os doy la primera lección de filosofía práctica que escucharéis en la vida. No conviene, por hoj que sepáis lo que es eso de la filosofía, pero sí debéis enteraros de que dentro de vosotros se crían también flores silvestres muy bonitas, que también se llaman pensamientos. Esas flores son las palabras que os decís á vosotros mismos cuando estáis callados, las que se os ocurren cuando vais á dormiros. Y cuando soltáis un pensamiento de esos que os han nacido en vuestros adentros, vuestros papas se ríen mucho, al abuelo ó á la abuela se le cae la baba, y el maestro, si es bueno, se calla, os mira y se queda serio, meditando. El maestro es el jardinero que cultivará esos pensamientos vuestros; él los hará crecer, los cultivará hasta que parezcan gigantes vestidos de rico terciopelo, de brillantísimos y alegres colores, como esos reyes descomunales de los cuentos de hadas. Pero tened por seguro que aun cuando vuestros pensamientos lleguen á parecer muy grandes y muy hermosos á fuerza de cultivo y de educación, nunca valdrán tanto como aquellos inocentes, sencillos y naturales que se os ocurrían cuando erais niños, muy niños, y no conocíais al maestro. Amad las flores silvestres y los pensamientos naturales y sencillos; éstos podrán haceros felices el día de mañana. Y si no entendéis hoy todo lo que os digo, no os calentéis la cabeza; ya lo entenderéis mañana, antes que sea menester. W. B. DÍGUJO D E R E G I D O R