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v. X N f f í LOS BRAZOS DE LA CRUZ taban sobre las blancas azoteas ó se prendían en los colgantes ramos de los datileros. Ningún rumor turbaba el sosiego de la ciudad deicida. Sólo de vez en cuando una risa infantil restallaba y moría en el aire tranquilo, y al contemplar intactos el alto templo, el palacio del procónsul, las vastas moradas de los sacerdotes, los discípulos que siguieron al Rabí en su martirio se asombraban, pues en su fe sencilla creyeron que el primer dolor sufrido por Jesús traería consigo el aniquilamiento del rc. undo. Y entretanto, el suplicio continuaba, ordenado, metódico, siguiendo versículo por versículo las predicciones de los profetas. El Hijo del hombre se veía escarnecido con las burlas soeces de los hebreos, mientras los soldados romanos, aquellos extranjeros cubiertos de armaduras lucientes, le rodeaban tranquilos, cumplidores fieles de un deber inexorable. lluego la soldadesca despojaba al Santo de sus vestiduras y el azar de los dados repartía entre los verdugos el manto y la blanca túnica iíicoMSÚtil que flotó sobre las aguas galileas y se perfumó con el nardo de la piadosa cortesana. Después los sayones acostaron al Rabí sobre la cruz y los discípulos oyeron martillazos, ahogados primero al perforar la elástica carne de los pies y de las manos, más secos y vibradores al agujerear la dura madera. Y al fin, cumpliéndose las Escrituras, la cruz emergió de entre la muchedumbre, se balanceó un momento, se irguió vacilante, y afianzándose en tierra, apareció negra sobre el cielo soleado, extendiendo á un lado y otro del cuerpo del Rabí sus rígidos brazos divergentes. Poco á poco, y según se acercaba la muerte, fueron naciendo en los labios de Jesús palabras llenas ae bondad, de desaliento, de amargura, que descendían sobre Juan, la madre virginal, las piadosas mujeres y María la pecadora, quienes lloraban al pie de la cruz. Aquellas frases postreras pasaban de boca en boca hasta llegar confusas y truncadas á los discípulos, que asistían desde lejos á la agonía del Maestro. Eran aquellos discípulos los más humildes y formaban una multitud de hombres y mujeres harapientos, empolvados, temerosos, de aspecto hosco y poco tranquilizador. No poseían la doctrina del Rabí en toda su pureza, y sus espíritus mezclaban las máximas del Nazareno con supersticiones idolátricas y recuerdos de gentílicas tradiciones. Eran los partidarios más ardientes de Jesús, y todos, esclavos fugitivos, marineros, pastores que dejaron sus rebaños, infelices mujerzuelas de encantos marchitos, caminantes, hubiesen atacado á los verdugos á no impedírselo el recuerdo de la mansedumbre del Maestro. En su amor hacia el Rabí dominaron su timidez, y acercándose poco á poco á la cruz, pudieron escuchar las frases del agonizante. Sus bocas gemebundas las repetían en voz baja, y los susurros corrían por el grupo. -Tiene sed- -murmuró llorosa Gotner la pecadora, -tiene sed. ¡Oh! si yo estuviese en el lugar de María la de Magdala, bebería mi llanto, mi sangre... pero María tuvo siempre el corazón tan seco como la arena. Muchas veces hube de consolar á sus amantes. -Tiene sed- -sollozó Abisal el pastor. ¡Oh! mis ovejas de ubres repletas, ¿dónde estáis que no acuiiís? ¡Malditas, malditas... que el lobo os muerda y os destroce, que vuestros hijos mueran de sea y osotras no podáis socorrerlos. Y diciendo esto, el pastor se arrojó por tierra gimiendo, mientras los otros discípulos lloraban, y Bartimeo, el ciego de Jericó, á quien Jesús tornó á la alegría de la luz, volvía á cegar sus ojos resucitados con el velo tupido de sus lágrimas. De pronto el sol desapareció del cielo, las piedras desgarraron sus entrañas, y los sepulcros, abriendo sus fauces, devolvieron los muertos que resucitaban. Retumbó el estrépito horrible del trueno y sobre la confusión que cayó sobre el mundo resonó una voz clamadora, potente, sobrehumana. Después la creación enmudeció, y en el silencio universal sólo se oyeron al pie de la cruz profundos ayes maternales. Los discípulos se habían postrado de rodillas, y temerosos balbuceaban ruegos, mezclando el nombre del Rabí con invocaciones al viejo Jehovah. Mas pasada la primera impresión de pavor, se interrogaron unos á otros. ¿Oísteis lo que dijo? -preguntó Gomer secándose los ojos. -Todo está consumado- -repuso Bartimeo; -todo acabó. -No dijo eso- -interrumpió Abisal. -El Rabí no pudo decir eso. Sólo dio una gran voz, y murió. Pero Bartimeo sostuvo la verdad de sus palabras, y la discusión, extendiéndose, dividió la turba de los discípulos, que no pudieron ponerse de acuerdo. Y mientras bajaban hacia Jerusalén, muchedumbre andrajosa y vocinglera, un relámpago dividió las tinieblas, recortando sobre la tierra ensangrentada la silueta rígida y negra de los brazos de la cruz que huían divergentes. MAURICIO EOPEZ ROBERTS DIBUJO DE RFGIDOa monte de las Calaveras, Jemsalén aparecía. risueña y De entre su enD ESDE lo alto del brotaban lentas humaredas azules que, abandonándose tranquila. de la tarde, flocalado caserío al viento