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C é s a r e s persiguieron á los primeros cristianos. ¡Ojalá nunca el cristianismo h u b i e r a vestido púrpuras, ni llevado co, roñas, ni ceñido espadas! Su e s p í r i t u original se h a desvanecido y sus virtudes s e h a n disipado entre las grandezas, compañeras de las pasiones m u n d a n a s Las aguas frescas y cristalinas que alieron de aquel manantial, se han enturbiado al pasar por las impurezas do la tierra. ¡Qué lejos están de su fviente purísima! Por algo el M a e s t r o llamaba á sí á los inocentes y quería acompañarse de los desvalidos. Para ellos era su amor. ¿Dónde está ya aquella sublime moral de la paz y la fraternidad entre los hombres, del perdón de las injurias, de la exaltación de los pacíficos, de la m i s e r i c o r d i a de los fuertes, de la resignación de los desventurados y del desapropio de los bienes terrenales? Mírese á l a sociedad del siglo actual y aun de los siglos pasados. Lleva el nombre de cristiana en la frente. Pero ¿quién encuentra el cristianismo en su corazón? Tiene la señal de la c r u z Pero ¿dónde está la señal del sacrificio? La ártud del Cristo q u e se sacrificó por la justicia y por el bien del prójimo, es alabada con cánticos y bendecida aon rezos. Pero ¿cuántos la imitan? Los imperios se fundan en la fuerza, como en los tiempos bárbaros. Y como en los tiempos bárbaros continúan las guerras, contra la enseñanza del que predicaba la paz entre los hombres. Los estados grandes despojan á los pequeños de lo suyo con violencia en las cosas y en las personas; robo calificado, público, y no sólo impune, sino apoyjido y aplaudido. El sosiego de las naciones depende, más que de la razón, del miedo. Los sucesores de los apóstoles, los pastores de la Iglesia cristiana piden ya solemnemente el castigo de las injurias y la persecución de los injuriadores, contra la sublime mansedumbre de aquél que presentó la mejilla á los que le abofeteaban. Y los pastores del Estado, los erigidos en autoridad para regir los pueblos, llaman arte habilidoso de gobierno á los dolos, engaños, perfidias y asechanzas, haciendo de la mentira una profesión pagada y reverenciada. La idolatría del becerro de oro ha vuelto á los corazones. El mundo entero le levanta altares y le adora como el pueblo de Moisés. El oro se lleva la fe, el amor y las oraciones de los vivos. Las concupiscencias y goces de lo material acaban con los placeres puros del espíritu. P o r la extensión del comercio- se mueven má. í guerras qué por el honor de las naciones. Por la ganancia y la riqueza sa rompe la paz, se corrompen las almas, se venden los cuerpos, se matan los hombres, se deshonran las mujeres, se encrespan las pasiones, se endurecen los afectos, y todos se hacen egoístas, injustos y despiadados. Olvidan la parábola del rico avariento, cuyo corazón de metal fué á fundirse en el fuego eterno, porque antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el cielo. En la redondez de la tierra, desde la mina profunda á las cumbres supremas, vencen el audaz al pacífico, el alegre al cuitado, el fuerte al virtuoso, el i n t r i g a n t e al bueno, el rico al pobre y el vanidoso al modesto. Y parece que se oye en el seno de la sociedad c r i s t i a n a una voz triunfante, un coro infernal que predica el segundo sermón de la m o n t a ña maldita, amasado con sangre, oro y lágrimas. Bienaventurados los fuertes, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los duros de corazón, porque ellos no llorarán. Bienaventurados los iracundos, porque ellos serán respetados de los mansos. Bienaventurados los injustos, porque ellos se llevarán lo suyo y lo ajeno. Bienaventurados los injuriadores, porque ellos serán perdonados. Bienaventurados los impuros de alma, porque para ellos serán los goces de la carne. Bienaventurados los que poseen, porque ellos no necesitarán de la misericordia. Bienaventurados los incrédulos, porque ellos no serán engañados. Tal es la suma del evangelio práctico de la humanidad, catálogo de las virtudes eficaces para conducir á la gloria terrenal. Si Jesús predicara otra vez su sermón de la montaña, ¿cuántos oyentes hallaría entre los millones de hombres que creen ser cristianos? Entre la moral presente y la de Jesús, hay más distancia y más vicios que entre la moral de Jesús y la pagana. D I B U J O S ÜE VÁRELA. EUGENIO SELLES