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J o le seguían los mag Hates, ni los delegados del C é s a r romano, opresores altivos en las ciudades y los campos, y siervos sumisos en el palacio del gobernador de Judea. No le seguían los sacerdotes del culto antiguo, s i m o n i a c o s q u e convirtieron la casa de oración en lonja de traficantes. No le seguían los centuriones y l o s legionarios que llevaban á las provincias las águilas del Imperio más como aves de rapiña que como blasón del gobierno. No le seguían los ricos, bien hallados con las riquezas que poseían contra la ley natural y la ley nueva, que hacen á los hombres hermanos y partícipes de los bienes como de los males de la tierra. No le seguían los mercaderes que lograban su provecho de las vanidades mundanas, y n a d a podían esperar de la humildad evangélica. No le seguían la magnificencia del p o d e r el estrépito de las armas, el brillo de las veneras, el acecho de los logreros, la corte de a d u l a d o r e s y ambiciosos que acompañan á los conquistadores de tierras ó coronas. E r a u n conquistador de almas, pobre y perseguido, y le seguían los que con anhelos secretos, sólo entrevistos en las austeridades socráticas, sentían la necesidad de un alma nueva para el hombre, apartada y desprendida de las tosquedades materiales del paganismo. I, e seguían los pobres como él, porque ellos padecían la injusticia de la desigualdad. Le seguían los humildes como él, porque ellos padecían la injuria de la soberbia. Le seguían los mansos como él, porque ellos padecían el azote de los osados. Jesús los congregó en unión de los apóstoles, escogidos entre míseros trabajadores para santificar así el trabajo, mostrándolo á las gentes como instrumento de la redención humana. Y subiendo á la montaña, significación de las altezas morales de la doctrina que había de alejar al hombre de las bajuras y mezquindades de la tierra, les predicó aquel semón sobrehumano, suma de las doctrinas evangélicas, catálogo de las virtudes cristianas, consuelo de las aflicciones del espíritu, pacificación de las pasiones camales y engendramiento del alma nueva de la humanidad. Confortó á los perseg u i d o s prometiendo la hartura de justicia. Refrenó á los soberbios prometiendo la bienaventuranza á los pacíficos. Realzó á l o s bajos y abatió á los altos enseñándoles que todos eran iguales ante el Padre celestial. Condenó á los opresores p r o m e t i e n d o á los mansos la posesión de tierra. Reprobó á los egoístas prometiendo la misericordia á l o s misericordiosos. Consoló á los pobres enseñándolos el desprecio de las riquezas. Y c o n aquellas palabras de dulzura y persuasión, a r m a s incruentas que pasan los corazones sin rasgar la carne, y con aquella modesta túnica por manto imperial, y con aquella caña por cetro, Jesús consumó la revolución más profunda que se ha operado en la humanidad. No la revolución inútil que arranca á un tirano la corona para colocarla en la cabeza de otro tirano. Fué la revolución del espíritu, la que quitó á la bestia humana el trono de la tierra para dárselo al hombre purificado. Los apóstoles se desparramaron por el mundo predicando el Evangelio. Los mártires entregaban el cuello á la muerte perdonando á sus verdugos y confesando á Cristo. Los fieles, acosados, se escondían en las profundidades de las catacumbas para elevar los corazones á la pureza de la nueva moral. El cristianismo se propagaba y subía desde las hondonadas á las cimas de la sociedad, desde la plebe á los príncipes. No eran ya los pescadores de Galilea, no las bandadas de miserables y desvalidos que hallaban en él esperanzas de desquite para sus infortunios; no las turbas de chicuelos, acompañantes de todo bullicio y perseguidores de toda novedad; no los lisiados que le pedían curación; no las mujeres pecadoras que buscaban en la piedad cristiana disculpa á sus extravíos. Le seguían los ricos, los altos, los poderosos, los príncipes, los reyes, los emperadores. Lospoderosos de la tierra se postraban ante el Hijo del carpintero nazareno, se abrazaban á la cruz, se convertían á su Iglesia, se hacían siervos de su Vicario, esgrimían sus espadas en su defensa, proclamaban su religión en sus estados, y perseguían á sus enemigos con la misma colara con que los