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-Pues si has dado tu palabra, que es la mía, yo no puedo recogerla. Venga esa Toledana y defiéndase, aunque no he de cejar un punto en mi condenación. A las diez, todo el mundo se recogió á sus lechos en aquel caserón del barrio de vSogovia La vivienda se parecía al dueño en lo grande, en lo vieja, en lo fría, en el tono parsimonioso de austeridad Asi hablo el grave consejero con doña Clara de Montova, su mujer, aquella noche; Tengo determinado que pasado mañana, vos y nuestra hija doña Esperancita vayáis á Toledo. uestro tío el beneficiado no anda muy sano después de haber traspasado la cumbre de los ochenta y no quisiera que los parientes de lUescas se alzasen con la hacienda que para vos ha de ser, según su voluntad bien manifiesta. Así que mañana se preparará todo, v partiréis con la bendición de Dios v la mía. -Así se hará, como vos queréis. Lunes de antruejo, á las diez, mandó el consejero que se recogiesen las dueñas, los pajes- -menos dos de ellos, -la esclava mulata y el mozo de puerta. El negro cjuedó en este servicio, harto espantado. A poco llamaron: abrió el negro, bajaron los pajes de hachas, y entraron una dama tapada, seis dueñas con mantos y tocas hasta los pies, y tres escuderos. Subieron las damas, v en el portal quedaron los escuderos. Al llegar al estrado, todas hicieron profunda reverencia al consejero. La Toledana quiso besarle las manos, cosa que él no consintió; antes la llevó al estrado con mucha pompa y autoridad. -Tengo enemigos crueles, señor don Diego de mi alma; y para mostraros con cuan injusta saña me persiguen, he venido exponiendo mi reputación y la de estas ancianas dueñas, no acostumbradas á tales visiteos y trasnoches. Mande alumbrar este salón, y verá maravillas. ¡Hola! Luces, Y también mandó que llevaran ciertas frutillas de sartén, algunos alfajores v torta de almendras, amén de unas garrafas henchidas de viejo Cariñena, con que las dueñas se alborotaron. Una de éstas sacó una vihuela que debajo del manto llevaba, templó y entonó sus cuerdas, 3- cuando estuvo á punto, la Toledana cantó ciertas tonadillas que alegraron sobremanera á todo el concurso. Volvieron á brindar, y ya el señor consejero daba á entender su regocijo. La Toledana conoció que habían llegado al punto crudo de suuegocio, v echando al suelo el manto, se ofreció á todas las miradas tal como en el Corral aparecía. El niismo L) Diego se embelesó y brindó largamente. Comenzó la zarabanda. Ningún baile del mundo tuvo como aquél la endiablada eficacia de volver loca á la gente. La Toledana provocó, incitó, convidó de tal manera al noble consejero, que sm poder valerse, y rotos los frenos de la voluntad, ¡oh negro prodigio! salió bailando, haciendo tercio á la infernal bailarina. Las dueñas se destocaron y aparecieron tal como eran: tres damas de la compañía y los tres galancetes D. Luis de Guzmán, D. Felipe de Haro y D. Carlos de Hinojosa. Con este refuerzo siguió la zarabanda, aunque el consejero se quedó espantado. Las dueñas de la casa, levantadas al son, trabaron de la mano á pajes y escuderos y la emprendieron con el baile, que todas lo sabían de memoria, y hasta el negro y la mulata se descoyuntaron lindamente. Ko quedó un solo cuerpo sin bailar, á no ser el loro de Indias, única persona de juicio que había en la casa, porque despertado con el estruendo, comenzó á canturrear su relación de la mañana: ¡Bendito y alabado... Al fin, todos se aquiet a r o n y enmudecieron con harto temor, al oir que, á las altas horas, un alcalde de casa y corte daba recios varazos en la puerta. El memorial aquél pasó en consiilta, y fué decretado de puño y letra del monarca. Que D. Diego de Sandoval haga lo que le parezca, ya que es entendido en esto de la zarabanda. Y hágalo pronto, porque sé que ha de irse á Toledo á recoger y cuidar la hacienda de su tío el beneficiado. -Yo el Rey. Al leer esto, el pobre consejero creyó cjue el mundo se le caía encima y lo aplastaba. ¡En desgracia! ¡D e s t e r r a d o! -dijo, y cayó fulminado como do un golpe de maza, A esa misma hora, fray Cirilo daba voces en él ¡No probéis el sarmiento al fuego; seco ó siempre arderá! Esto dice San Ambrosio. J O S É NOGALES DIliLMOS DE E ESTEVAN