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LA ZARABANDA p R A aquella tarde de Febrero tan apacible, que fray Cirilo, predicador de los Jerónimos y de los de campanillas por aquellos años, y D. Diego de Sandoval, del Consejo Real, hombre importante y severísimo, bajaron del coche y se internaron por las aún deshojadas alamedas que alegran entrambas orillas del Manzanares. ¿Dónde predica su paternidad ogaño la reparación para la Santa Cuaresma? -En el Carmen, si Dios fuese se: -Pues yo le daré trigo á mano con que pueda, amén de las virtudes, ciencia y experiencia, hacer un elegante servicio á Dios, á los hombres, y aim diré que á todos estos reinos. ¿Es algún punto de doctrina, que á mi señor D. Diego se le ha ofrecido? -No es de doctrina, sino de costumbres. -Allá, allá se andan. ¡Ofera, non- verba! A este ejemplarísimo punto agregó nuestro padre San Bernardo... -Sé lo que dice esa columna de la santa Fe. Mas enderece su reverencia los oídos, que es cosa que atañe á la salvación de las c- almas. No se esconden á sus inquisidoras miradas los infinitos males que á la cristiandad ha traído y trae cierto bailecico inventado por el enemigo del género humano, tan arraigado ya, c uc no hay casa donde no mota con su condenada raíz la pestilencia. -La zarabanda. Ahí se estrellan los pulpitos, se vuelven agua los penitentes, se quiebran y embotan las saetas de la Fe. -Oh corazones endurecidos -Ya se iba de. sterrauclo y aniquilando, cuando ha venido á resvicitarle esa comedianta, íilaría Benavente, que llaman la Toledana, que está revolviendo el juicio á nobles y á villanos. No hay ojos sino para mirarla, ni lengua sino para ensalzarla, ni voluntad sino para imitar sus gestos de perdición. Forman su corte ordinaria nobles galancetes como D. Euis de Guzmán, D. Felipe de Haro, D. Carlos de Hinojosa, y cien otros, entregados como gentiles al entretenimiento de la poesía. Y más barrunto; que la Católica Majestad anda algo embebida en e. stas carantoñas del baile. -Me espanta la sospecha. ¿Tal es la condenada criatura, que osó clavar sus dardos... -Tal es, padre Cirilo, que de haberla visto San Hierónimo, aún con mayor bravura clamara contra las mujeres, puestas en el mundo para perder las almas. Yo también ful al Corral un día... ¿Vos? ¡Con sesenta y seis bien sonados... -Fui para conocer hasta dónde ha calado el mal. ¡Ah Padre! El daño es más hondo de lo que yo imaginaba. ¡Qué gracia infernal, qué meneos, qué monadas, qué arcadas tan á tiempo y compás, qué dulzor en los ojos, qué blancura en los dientes, qué suavidad en el rostro, qué hormigueo en los pies, qué alentar del pecho, qué... -Paso, mi señor don Diego. San Ambrosio dice C ue no ha de probarse el sarmiento al fuego: seco ó verde, siempre arderá. -N o quisiera que la Toledana siga haciendo tal destrozo en las almas. Todos van, la ventodos, 3- todos se pierden. Ha ido al Consejo en consiüta un memorial del gremio de cuchilleros pidiendo la supresión del baile en calles, plazas, casas y corrales; y para mover los ánimos á tan santo fin y disponerlos á que pidan y aprieten en el negocio, es necesario que su reverencia también apriete en el pulpito. -Que me place; y aún pintaré con negrísimos colores los tormentos que están aparejados á los que van al infierno por un poco de zarabanda. Acabada la cena y rezado el rosario, el consejero D. Diego de Sandoval entró en su despacho, donde le esperaba el paje de bolsa. Puesta la pantalla de latón de modo que no le diese en la cara la luz de las cuatro anchas piqueras del velón, que con su redondo pedestal llenaba media mesa, fué revolviendo el papelorio y dictando al paje notas breves para su relación en el Consejo. Eu lo más enfrascado del negocio, aparentando cierta severa frialdad, díjole al paje: ¿Fuiste al Corral esta tarde? -Ah, sí, seiror. ¿Hablaste con esa desgraciada? -Hablé. Díle cuenta del meiuorial y de la mala disposición del ministro. Mas ella fía mucho en el favor de D. Luis de Guzmán y D Felipe de Haro con el príncipe. ¡Oh juventud, siempre descarriada! Y... ¿nada más te dijo? -Díjome que pedía licencia para venir á vuestra casa, lunes de antruejo por la noche, en compañía de sus dueñas y escuderos, para besar vuestras manos y defender la zarabanda, que ella juzga la condenáis sin conocerla. -A mi casa... ¡Qué atrevimiento! Tú responderías á esa iniquidad... ¡Perdón! Yo respondí que sería agradablemente recibida y aun regalada, siempre que la visita se hiciese con el mayor secreto.