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ZOClACADA MENSUAt p N realidad, ni Aries es el signo de Marzo, sino el del equinoccio de primavera, ni debería mencionársele en tercer lugar, después de Acuario y Piscis, puesto que la primavera es la infancia del año, y ea ese equinoccio debiera comenzarse la cuenta del año nuevo si no anduvieran las cosas tan trastrocadas y revueltas como andan, tanto en la tierra cuanto en los demás cuerpos del sistema planetario. ¿Desean ustedes saber quién es Aries? Los latinistas saben muy bien que Aries significa el carnero: pero hay mucha gente para quien Aries no pasa de la categoría de un carnero vulgar, despreciable y prosaico; grosero error que es menester disipar, pues s. e trata nada nienos que del carnero más considerable y extraño de la Historia ó, mejor, de la leyenda. Aries, ¡sépanlo y estremézcanse los que lo ignoren! es el carnero de las lanas áureas, el que tuvo por piel el vellocino ó toisón de oro, codiciado y perseguido por los audaces argonautas. Kada nienos. Antiquísima es la historia del tal carnero, que aparece desempeñando un papel importante en el Rig- Veda, esto es, en el primero y más viejo de los libros sagrados indios. Su figura en los más antiguos monumentos griegos es la de un morueco de lanas largas ó churras, dato que á algunos mitólogos les ha parecido indicio de que ese animalito representaba el agua de las nubes cayendo á chaparrón sobre la tierra. La misma idea de fecundidad primaveral parece que debió de inducir á los astronomos á dar el nombre de Aries á esta constelación del equinoccio primero. Los griegos, que despreciaba las vaguedades, convirtieron al carnero en un animal fabuloso con lanas áureas y le hicieron protagonista de la leyenda de Frisos y Hela, hijos de la diosa Nefelé (que significa nube) y del inconstante Atamas, rey de Orchomenes. Parece ser que el Sr. de Atamas, aun cuando estaba casado con una diosa, hubo de cansarse de diosa á todo pasto; repudióla y se casó con la señora Ino, la cual le dio otras dos criaturas llamadas Learkos y Melikerte. Coipo sucede siempre en casos tales, la madrastra luo hizo cuanto en su mano estuvo por fastidiar á los hijos del primer matrimonio, é inventó la infame trama de que era necesario sacrificar á uno de ellos para remediar el hambre j la subida de los cambios, que á la sazón afligían al pueblo orchomenio, ni más ni menos que si Atamas hubiera nacido en Palma de Mallorca. Ya estaba Atamas resuelto á sacrificar al muchacho, cuando Ino, que vigilaba, como buena madre, envió al lugar de la ocurrencia á nuestro amigo el carnero de las lanas de oro, el cual, además de poseer esta maravillosa cualidad, reunía las del Santos- Dumont núm. 9 y las del submarino más perfecto, con las del más poderoso automóvil de Mors ó de Panhard Levassor. Unas veces por los aires, otras por la tierra y otras por bajo de las aguas, transportó en su lomo á los dos hijos de Atamas y de Nefelé, FVGA DE V HXIA -7 k- o- S o e sin más percance que el de haberse quedado la chica. Hela, en el fondo del mar, porque, según parece, estaba enamorada de Neptuno, y al quedarse allí dio su nombre al Helesponto ó mar de Hela, y también á la Hélade ó Grecia y á los apreciables helenos ó griegos. Salvóse, pues, el chico. Frisos, y al llegar á la isla de Aa, ¿qué dirán ustedes que se le ocurrió? Lo que á todos los ingratos: quitar el pellejo á s u bienhechor, después de haberle matado, no sabemos si á disgustos... y consagrar el carnero á Zeus, regalando el vellocino al rey de aquella tierra, Netes, quien no pudo menos de hacer su yerno á Frisos, en premio á tan rico presente. El vellocino de oro fué colgado de una encina en un bosque, consagrado á Marte y puesto bajo la guarda de un terrible dragón... pero más vale que no nos metamos en la historia del Vellocino, que es muy larga y m u y ancha. Quédese para mejor ocasión, y ustedes perdonen. W. B.